Crisis de los cuidados

Las investigadoras se refieren a una «crisis de los cuidados», que no surge directamente a partir de la pandemia, sino que ya está instalada en la sociedad desde hace muchos años y refiere al agotamiento de un modelo familiar de cuidados, es decir, a la sobrecarga que asumen las familias de los cuidados cotidianos de las personas dependientes. Esta sobrecarga responde a varios factores, entre ellos la masiva participación de las mujeres en el mercado laboral, que visibiliza que hay una función que antes la desempeñaban las mujeres en forma no remunerada y ahora hay tensiones para que sigan desempeñando este rol. Entonces las sociedades necesitan pensar sistemas de cuidados donde haya mayor participación del Estado en la provisión de este tipo de cuidados.

En el contexto de pandemia sucede que el 100% de los cuidados vuelven al ámbito familiar obligadamente porque cierran todas las instituciones de cuidados. Por tanto, esto trae muchas tensiones para articularlos con la participación y responsabilidades laborales. Es más grave para las mujeres porque socialmente son quienes asumen la responsabilidad sobre estas tareas, pueden compartirlas más o menos con los varones, pero social y moralmente son las que tienen en última instancia la responsabilidad sobre los cuidados, por lo que serán ellas quienes tendrán que negociar individualmente y con relaciones de poder desiguales cuánto pueden producir desde sus casas, y cuándo pueden concurrir a trabajar en función de cómo resuelven el cuidado de los niños y personas dependientes.

Por eso es importante que la crisis sanitaria no reproduzca o agrave las desigualdades de género que ya sucedían en torno a los cuidados. Es necesario generar medidas que protejan los ingresos de trabajadores con personas dependientes a cargo, sobre todo a las mujeres, porque estas negociaciones individuales evidentemente las van a perjudicar con sus empleadores y, a la interna del hogar, con sus parejas.

 

Romantización de la cuarentena

Asimismo, las investigadoras plantean que existe una «romantización» de la cuarentena: circulan en las redes sociales y en los medios ciertas imágenes respecto al disfrute de la cuarentena, de estar en familia, al igual que aspectos de distensión, de compartir, aprender y crecer. Mientras que se invisibilizan las tensiones respecto a la articulación de los cuidados con la actividad laboral. Esta romantización tampoco refleja las situaciones de muchas familias que sufren la pérdida de ingresos y trabajo, o que viven en condiciones que no son las adecuadas para sostener una cuarentena, por ejemplo en viviendas que no presentan el confort necesario.

Señalan que «no hay que mirar esta cuarentena con lentes de una clase media-alta, que tiene las condiciones materiales dadas para disfrutar y pasarla bien en familia». También es importante observar las situaciones de violencia basada en género, doméstica o intrafamiliar, que se agravan o comienzan por la convivencia durante 24 horas, los problemas económicos y tensiones. «Lo que queremos decir con el término romantización es que está invisibilizando las tensiones y desigualdades de género que se siguen produciendo en los hogares y que esta pandemia agrava», sostienen.

Otra situación a tener particularmente en cuenta, señalan, es la de los hogares monoparentales. En Uruguay, la mayoría son mujeres trabajadoras que viven con sus hijos, son hogares que en la vida cotidiana se enfrentan a esta doble circunstancia del cuidado y el trabajo remunerado, sin tener en su hogar otro adulto que comparta la responsabilidad de cuidados. Según estudios, luego de una separación algunas pensiones alimenticias se reducen y los varones hasta dejan de brindarlas, además se reducen las visitas y, por tanto, el cuidado compartido de los niños. Estas condiciones se ven también agravadas en el contexto de pandemia.

 

Medidas para apoyar vulnerabilidades

Respecto a las medidas que se podrían implementar para reducir estas desigualdades destacan la protección a los trabajadores con hijos. En Argentina, por ejemplo, se han implementado licencias remuneradas durante el tiempo que dure este confinamiento y el cierre de establecimientos educativos. También consideran que debería tomarse en cuenta este período particular en la evaluación del desempeño de las trabajadoras con hijos a su cuidado para las renovaciones de cargos, mantenerse o ascender en un empleo, entre otras cuestiones, porque en este contexto no pueden mantener la productividad normal. Son medidas que tiene que instalar el sector empleador, pero el Estado tiene que garantizar que se utilicen.

En lo que refiere a las adultos mayores que viven solos, aquellos que son dependientes y requieren ayuda para la vida cotidiana y son más vulnerables en este momento, probablemente están apoyados por familiares y, en este sentido, se deberían generar facilidades y apoyos que permitan el cuidado de esas personas. «Puede ser que estén ocurriendo ciertas redes vecinales y comunitarias que se están generando para brindar cuidados a esas personas, sería bueno fortalecerlas con apoyos claros y mantenerlas a lo largo del tiempo, más allá de la pandemia», indicaron.

Asimismo, el confinamiento impacta en la profundización del aislamiento que ya existe. Los adultos mayores son un grupo de personas que declaran frecuentemente sentirse solas, pero además genera una limitante en cuanto a los riesgos y a cómo responder a ellos, desde accidentes domésticos hasta las necesidades de hacer compras. Una situación más particular afecta a las personas que están en los centros de larga estadía, que si bien tienen protocolos de actuación, el vínculo con las familias y lo que sucede dentro del centro, e incluso en las actividades que mantienen estimuladas a las personas que participan de los centros, han mermado. Allí la situación es más crítica aún en cuanto a los riesgos emocionales vinculados a la ausencia total de los familiares.

 

Acceda al documento del Grupo de Investigación de Sociología de Género

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