Gil se formó en Matemática y fue doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, investigador y docente de la Udelar, colaborador activo del Progresa y miembro comprometido del cogobierno universitario.

Recibió el Premio Bartolomé Hidalgo (2012) y el Premio Nacional de Literatura (2013) por su obra Matemáticamente tenemos chance, y fue también autor y actor de teatro.

La Comisión de Enseñanza de la Udelar expresa en su sitio web que su interés por la enseñanza lo llevó a ser «un auténtico innovador de las prácticas docentes, un incansable explorador de nuevas formas de enseñanza y de aprendizaje que mejoraran las oportunidades educativas de nuestros jóvenes. Prueba de esto es que actualmente estaba cursando la Maestría en Enseñanza Universitaria y asistía permanentemente a cursos de actualización docente».

El ex rector de la Udelar Rodrigo Arocena escribió una semblanza donde lo recuerda con emoción:

 

Omar Gil
la pasión de ayudar a quienes quieren aprender


No es justo que a los veteranos nos toque despedir a quienes son mucho menores. Cuando buceo en la memoria a la búsqueda del joven Omar Gil, los datos me aparecen imprecisos y las lágrimas nublan los recuerdos. Pero la juventud vence a la tristeza y pronto tengo por delante la imagen de un muchacho desbordante de simpatía y entusiasmo. Así se desencadena una cadena de evocaciones.

Ahora estamos en Córdoba, toca a su fin la Escuela Latinoamericana de Matemática de 1991. Es la extraordinaria oportunidad de que se conozcan mis antiguos alumnos de la Universidad Central de Venezuela y mis nuevos colaboradores de la Universidad de la República. Difícil para uruguayos estar a la altura de la cordialidad venezolana, pero Omar da sobradamente la talla: tras generar admiración con su presentación académica, embelesa a las matemáticas caribeñas a las que invita a bailar.

Fue parte de la generación de jóvenes que llenó de alegría la fundación de la Facultad de Ciencias. Integró su Consejo como delegado estudiantil. Seguramente en esa tarea afinó su capacidad para intercambiar ideas, fomentar diálogos, transitar caminos innovadores. El cogobierno es – se sabe o debería saberse – una escuela de ciudadanía. También es un ámbito de formación para la docencia.

Con Omar nos reuníamos sistemáticamente en el Seminario de Teoría de Operadores, al que aportaba su iniciativa y el talento para disfrutar de la creación matemática. Creo recordar que apreció especialmente una exposición sobre una pequeña maravilla de la disciplina que se conoce como parámetros de Schur. Modestia aparte, la vida me ha enseñado a reconocer a la gente capaz: en seguida supe que Omar lo era.

Más pronto, sin duda, lo supo Mario Wschebor que le propuso ser su Asistente Académico como Decano de la Facultad de Ciencias. Recuerdo la alegría de Mario cuando me contó que Omar había aceptado.

Son memorias de antaño. Más se conoce la trayectoria posterior del matemático destacado, doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, profesor titular de la Universidad de la República quien – como lo destaca con sentidas palabras el comunicado de la Comisión Central de Enseñanza – fue asimismo “Premio Bartolomé Hidalgo y Premio Nacional de Literatura (por “Matemáticamente tenemos chance”), autor y actor teatral, colaborador activo del PROGRESA (Programa de Respaldo al Aprendizaje), miembro comprometido del cogobierno universitario”.

Dotado de tan múltiples capacidades, Omar hizo una opción, o quizás sintió el llamado de una vocación. En cualquier caso, dedicó una inmensa cuota de energía y creatividad a ayudar a quienes quieren aprender. Cumplió una labor docente de amplio espectro en la cual privilegió la renovación y la diversificación de las modalidades de enseñanza, sin ahorrar sacrificios. La rutina le fue ajena, el entusiasmo su compañero de ruta. Sabía mostrar que la matemática es hermosa y puede ser fuente de deleite. Multiplicó los espacios de encuentros interdisciplinarios para cultivar y mejorar la enseñanza. Quienes fueron sus alumnos y colaboradores podrán atestiguar, con mucho mejor conocimiento de causa, que mis elogios se quedan cortos.

La salud fue cruel con Omar. Alguna vez me contó acerca de cómo enfrentaba las perspectivas complicadas que tenía por delante. Además de su capacidad, llegué así a admirar su entereza. Quienes lo conocieron de cerca saben cuánto lo ayudó su familia en esa batalla difícil. También lo hizo la energía emocional que le generaba su labor docente y la pasión con que la desempeñaba.

La Universidad de la República es, ante todo, una comunidad espiritual que sobrelleva tiempos difíciles y siempre sirve al país porque sabe suscitar el compromiso militante de personas como Omar Gil. Nuestro compañero vivirá en su familia, en la memoria de sus amigas y amigos, en el agradecimiento de sus estudiantes que ya se están multiplicando en las redes, en el reconocimiento de la institución por la que tanto hizo.

En esta hora aciaga, confío en que su esposa Maggie, su hija Aitana y sus hijos Patricio y Federico se sientan rodeados por el cariño de tanta gente que tanto quiso a Omar.


Rodrigo Arocena

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