Además del rector de la Udelar, participaron como panelistas Hugo Juri, rector de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina), y Ricardo Villanueva, rector de la Universidad de Guadalajara (México).

La actividad fue organizada por el Observatorio de la Autonomía Universitaria de la Unión de Universidades de América Latina (UDUAL); el secretario general de esa organización, Roberto Escalante, fue el moderador del evento.

Escalante recordó que la UDUAL fue creada en momentos en que era necesario defender a las universidades latinoamericanas de la agresión de los poderes políticos, que en muchos casos ante cualquier manifestación de inconformidad por parte de los universitarios respondían con represión policial o militar. También señaló que en nuestra región las sociedades han reflejado en su sistema de normas la importancia de la autonomía universitaria, y en muchos casos la han establecido por ley. Al presentar al rector Rodrigo Arim -vicepresidente de Autonomía de UDUAL-, explicó que la Udelar es una institución centenaria con una larga historia de lucha en defensa de los valores universitarios, entre ellos la autonomía.

Arim se refirió a las fuentes de la autonomía universitaria y a su significación en el contexto regional.  Explicó que el modelo de la universidad alemana surgido en el siglo XIX, origen de las universidades como se conocen actualmente, fue después resignificado en América Latina. A comienzos de ese siglo la Universidad de Berlín unió por primera vez dos características de la vida universitaria contemporánea: la educación de nivel superior y la investigación, esta entendida como una actividad profesional que requiere sus propios programas, con recursos destinados a ese fin y formación específica para desarrollarla en todas las áreas del conocimiento. «No existe investigación científica que pueda ser articulada bajo la tutela de poderes los fácticos inmediatos, de la vida religiosa, o de prejuicios propios de distintas comunidades externas a la vida universitaria», afirmó.

En las universidades contemporáneas, con sus diferencias y diversidades, la autonomía universitaria es «un elemento constitutivo central», señaló. La autonomía se expresa a través de uno de sus componentes, la libertad de cátedra, pero es esencialmente la posibilidad de que las instituciones «piensen, desarrollen y articulen políticas, programas de investigación de largo aliento, sin la intervención ni el tutelaje del poder político de turno, o de poderes fácticos o económicos vigentes en un momento histórico». Remarcó que «no hay creación de conocimiento si no está sustentada en la noción de autonomía».

Autonomia con democracia

Este rasgo común a las universidades contemporáneas modernas posee en América Latina otra dimensión relacionada con el movimiento reformista de Córdoba de 1918 y sus consecuencias durante todo el siglo XX, explicó. Es una tradición que no solo reivindica la independencia de los poderes fácticos o eclesiásticos de un momento dado, sino también «la necesidad y el derecho de la comunidad universitaria de pensar sus estructuras de gobernanza y sus programas de desarrollo en función de una organización interna democrática».

Arim sostuvo que con el movimiento de Córdoba se instaló una noción de autonomía reconfigurada y reconstituida, en la que los cuerpos universitarios (estudiantes, docentes, egresados) son capaces de diseñar su propia estructura de gobierno, sus propios mecanismos de elección de autoridades, definiendo sus prioridades políticas institucionales. La autonomía universitaria en nuestra región se combina con democracia y democratización del conocimiento avanzado, dos aspectos que en las universidades de Latinoamérica van juntas y están en debate, porque eso también forma parte de la vida democrática. Este es un vínculo sustantivo entre la vida universitaria y la sociedad.

Expresó que la autonomía universitaria «en estos tiempos también se encuentra en peligro», en algunos casos con una dimensión política muy clara. En especial en América Latina y el Caribe «los poderes políticos y económicos claramente tienden a desafiar la noción de autonomía universitaria». Algunos hechos acontecidos en Brasil, donde el poder político ha desplazado a tradiciones universitarias de largo aliento en la designación de las autoridades de las universidades federales, son un ejemplo, señaló.

Otros desafíos a la autonomía universitaria, a veces más sutiles, obligan a las universidades a reaccionar en este contexto, agregó Arim, uno de ellos es el problema de los mecanismos de financiamiento público. Explicó que la noción de la educación superior como un bien público social ha sido reivindicada durante muchos años por las universidades latinoamericanas, en especial en contextos como las conferencias mundiales sobre educación de la UNESCO. Esta postura se apoya en el concepto de la autonomía universitaria, puesto que los recursos deben ser suficientes para sostener políticas de largo plazo. Actualmente la idea se pone en cuestión a través de procesos de fragmentación del financiamiento universitario, explicó, y muchas de las instituciones han visto reducido su presupuesto de base.

En peligro

Como consecuencia se han visto obligadas a proveerse de recursos a través de mecanismos competitivos, puntuales, orientados, dirigidos a ciertas áreas y programas de investigación. Estos mecanismos «son muy riesgosos porque priorizan algunas áreas de conocimiento sobre otras, las que interesan a los estados y a grandes corporaciones y no a otras», alertó. En el caso de Brasil el presidente ha llegado a sostener que hay algunas áreas de conocimiento para las que no se justifica la financiación pública, en ese sentido señaló la inutilidad de las humanidades y de las ciencias sociales, lo que es «extremadamente grave», indicó el rector.

Arim señaló que otro aspecto que atenta contra la autonomía universitaria son los rankings internacionales. La evaluación permanente y la mirada de actores externos son beneficiosos para la autonomía, pero los rankings fijan la mirada en algunos aspectos de la vida universitaria y no en otros, expresó. Muchas veces las instituciones que quieren verse reflejadas en los rankings se obligan a priorizar algunas áreas o dimensiones de programa que no necesariamente son las de mayor impacto social. Si bien las universidades no deben eludir las evaluaciones, es necesario que sean conscientes y críticas ante esos contextos, así como de las repercusiones que tienen para su desarrollo a largo plazo.

El movimiento de Córdoba es un rasgo típico de las universidades latinoamericanas que reivindica su compromiso con la sociedad, la idea de una universidad que es capaz de plantearse líneas de transformación y desafíos de largo plazo articulados con las necesidades de la comunidad. Agregó que el concepto de autonomía por ser cambiante es también profundamente político, sería un error trasladar los conceptos elaborados en 1918 y reproducirlos idénticos en el momento actual. No obstante «la noción de autonomía y la de democratización del conocimiento avanzado están absolutamente presentes hoy y son de las grandes tradiciones de la universidad latinoamericana que tenemos que defender», concluyó.

Por su parte Juri, haciendo «un poco de justicia», se refirió a la Reforma de 1918 y dijo que tuvo lugar en Córdoba porque esa era la universidad más conservadora de la época en la región sur de América Latina. Agregó que había «un caldo de cultivo» pues hubo un a «pre reforma» impulsada por estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México y también un movimiento inspirado en el arielismo con base en Montevideo. En su opinión la autonomía universitaria debe ser «responsable» y dijo que, si bien «nuestras universidades deben ser autónomas de los poderes del Estado, no somos una república».

Una característica de las universidades reformistas latinoamericanas es que son parte de la sociedad, afirmó, «no miran a la sociedad desde arriba y hacen cosas por la sociedad. Somos la sociedad». Por eso, para sostener la autonomía es necesario tener la resignificación y relegitimación de las universidades con la sociedad. Trabajando «con nuestra sociedad y para nuestra sociedad,  haciendo y mostrando lo que hacemos por ella», es mucho más probable que haya una respuesta importante de la gente si la autonomía universitaria se pone en riesgo, «cuando nosotros le respondemos a la sociedad, la sociedad responde», afirmó.  

Reformistas y libres

Agregó que las universidades deben hacerse cargo de escuchar a la sociedad e incluso de darle «un espacio real de participación en nuestros órganos de gobierno». Simultáneamente, instituciones como la Udelar, la Universidad de Córdoba y la de Guadalajara «son escuchadas». Como ejemplo indicó que en el contexto de la pandemia, algunas universidades han salido a rechazar discusiones políticas que se ubicaron «por encima de la salud de la gente».

Para concluir señaló que uno de los principios que marcaron la Reforma de Córdoba fue el de «abrir la puerta de la universidad para que entren todos. Hoy no solo tenemos que abrir la puerta sino salir de la universidad e ir a buscar dónde están los trabajadores, y que sean también universitarios ellos». Es preciso tener «una autonomía de nuestras tradiciones», incluso de la Reforma de Córdoba, afirmó, los jóvenes que la impulsaron eran ante todo reformistas y estaba dispuestos a emprender nuevas transformaciones, «hoy tenemos que ser reformistas».

Villanueva se refirió a los retos que plantea la incertidumbre a las universidades, por ejemplo ante cambios de regímenes de gobierno. Para el caso de México la interacción en el ámbito de la UDUAL enfocada en la autonomía «es clave», y agregó que la Ley general de Educación Superior de su país podría revisarse próximamente. Destacó la relevancia histórica que han tenido allí las universidades y las luchas estudiantiles; ante gobiernos neoliberales, ha sido una constante para las universidades plantear una lucha por presupuesto donde es necesario «convencer a las autoridades de que la educación no es un gasto, sino una inversión».

Coincidió con Juri señalando que «el gran reto que tenemos hoy las universidades públicas es redefinir ante la sociedad qué es la autonomía, cuál es su valor». Es necesario volver a poner el concepto en discusión, de lo contrario la gente puede pensar que la autonomía es sinónimo de «opacidad o de oscuridad en el manejo de recursos, cuando es más bien un símbolo de libertad». Repasó algunos planteos que la definen en ese sentido, como por ejemplo la que autonomía «es la libertad de los docentes para poner en cuestión la ciencia recibida», o «la libertad para investigar nuevas fronteras de lo cognoscible, o para transmitir versiones propias de la ciencia no reproductivas de versiones establecidas, y a la vez incorporación de esa libertad en el proceso formativo».

Señaló que en México las universidades jugaron un papel importante al aportar sus miradas científicas para hacer frente a la pandemia, poniendo en cuestión las medidas tomadas por las autoridades. Cuando la sociedad ve a sus universidades volcadas a encontrar soluciones a problemas como el actual, «es cuando la autonomía vuelve a tomar ese valor», afirmó.  

Villanueva expresó que la autonomía tiene tres dimensiones que abarcan lo académico, lo electivo y lo financiero. Indicó que en ocasiones la libertad académica ha sido considerada como un peligro para el poder establecido. Con relación al financiamiento, comentó que cuando los recursos son insuficientes la autonomía se ve recortada, y esta disminución del presupuesto ha afectado a las universidades mexicanas en los últimos cinco años.

Agregó que la autonomía no puede significar «aislamiento» y la interlocución de las universidades con la sociedad debe traducirse en aportes a la solución de problemas públicos. Alentó a recuperar valores como los expresados en la Declaración de Bolonia en 1988: «la educación superior es un derecho universal que  da sentido a la humanidad». También planteó el desafío de ser creativos para que los jóvenes puedan comprender «el valor de la libertad que da la autonomía para que en un aula universitaria se pueda decir lo que sea».

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