Isabella Cosse (CONICET, Universidad de Buenos Aires) y Aldo Marchesi  (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Udelar), fueron los moderadores y quienes realizaron los comentarios en el evento. Markarian dio la bienvenida al Seminario que se transmitió en directo por el canal de Youtube de la Udelar y recordó que es la cuarta jornada del seminario y que la última se desarrollará el 19 de agosto. 

La primera de las cuatro ponencias que se llevaron a cabo en la jornada, «Saint Louis 1904. Un congreso por la “unidad del conocimiento humano”: ¿obra universal, proyecto estadounidense o imperialismo alemán?», estuvo a cargo de Wolf Feuerhahn, historiador, miembro del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia. Feuerhahn señaló que en 1904, año de la Exposición Universal de Saint Louis o Louisiana Purchase Exposition (Estados Unidos), la organización de congresos científicos ya era una costumbre establecida en el mundo académico. Los congresos oficiales surgieron por primera vez en el marco de la Exposición Universal organizada en Viena en 1873. En aquel momento hubo cinco congresos de los cuales sólo uno era científico, pero en 1889 en París, 69 congresos, entre ellos 24 científicos, formaron parte oficialmente de la Exposición Universal. Ante el mandato de que la ciencia debe ser universal, este crecimiento exponencial se debió en parte a una competencia internacional en la que cada nación pretendía ser una mejor encarnación de lo universal.

Estas exposiciones fueron eventos que trataron de combinar las producciones materiales del arte y la industria con las ideas. Pueden considerarse un buen criterio para ubicar una capital mundial del conocimiento en aquella época; París, donde se celebraron el 40% de las exposiciones universales, era la favorita en 1890. Londres se ubicó en segundo lugar, en general en Europa se realizaron el 80 % de las exposiciones universales. 

Durante la década de 1880 las autoridades de los Estados Unidos quisieron aprovechar la celebración del cuarto centenario del “descubrimiento” del continente por Cristóbal Colón para hacer valer la creciente importancia del país en los campos de la ciencia y la tecnología. Entre las cinco ciudades candidatas Nueva York y Chicago fueron las favoritas por tener más de un millón de habitantes, finalmente la elección recayó en Chicago. En ese marco se desarrollaron obras como la rueda gigante, la Court of Honor, el edificio de Bellas Artes y el sistema de transporte construido en estilo neoclásico. La World Columbian Exposition atrajo a más de 27 millones de visitantes y fue un gran éxito. En esa oportunidad los 55 congresos oficiales, siete de ellos científicos, contribuyeron a dar visibilidad a la ciencia estadounidense. 

En esa carrera por el liderazgo mundial la Exposición de París de 1900 había colocado el récord muy alto, realizó 127 congresos, 32 de ellos científicos. De todas maneras las autoridades de Saint Louis, ciudad mucho más pequeña que las que habían alojado las exposiciones universales hasta el momento, se propusieron aprovechar el centenario de la adquisición de Luisiana (1803) para competir con el evento realizado en Chicago. Fue así que organizaron la Louisiana Purchase Exposition. Para este evento eligieron un recinto dos veces más grande que el de Chicago, los ocho edificios principales adoptaron la estética neoclásica monumental que tanto había impresionado a los visitantes de Chicago y unieron la exposición a la organización de los terceros Juegos Olímpicos de la era moderna. En siete meses de exposición los organizadores recibieron 20 millones de visitantes, lo que aunque no alcanzó los números de Chicago, fue un gran logro. 

Un sistema para las ciencias

En el marco de la Louisiana Purchase Exposition se cambió la modalidad utilizada hasta el momento en la organización de los congresos científicos: en lugar de 100 congresos sin relación entre sí, que reflejaban más a un catálogo académico, se organizó un solo congreso con 100 secciones. El encuentro se planteó como una misión que sólo podría cumplirse si el mundo entero participaba y que tendría «el propósito definido de trabajar por la unidad del conocimiento humano». Se eligió como tema unificador el de las relaciones internas entre las ciencias y se convocó la presencia en el mismo lugar y momento de investigadores de todas las nacionalidades que trabajaran en todos los campos del conocimiento. 

El ideólogo de este cambio fue Hugo Münsterberg, quien propuso en este marco un nuevo sistema de las ciencias. En este sistema distingue, dentro las ciencias teóricas, las «ciencias de las intenciones» (y dentro de estas distingue a las ciencias normativas, que se ocupan de las intenciones colectivas y ciencias históricas, que se encargan de las intenciones individuales), de las «ciencias de los fenómenos» (dentro de estas diferencia a las las ciencias físicas, que estudian los objetos que son posibles para cualquier sujeto y las ciencias psicológicas, que explican los fenómenos que interesan a un solo individuo). A estas cuatro ciencias teóricas se suman tres ciencias prácticas, las que tienen por objeto el bienestar material (las ciencias utilitarias), las que buscan armonizar los intereses humanos (las ciencias normativas) y las que tienen por objeto su perfeccionamiento (las ciencias culturales). Este árbol inicial de Münsterberg se va ramificando en formas sucesivas de lo más general a lo más particular. Se elaboraron y publicaron las actas de este congreso (ocho volúmenes en total), con el objetivo de que fueran «un  verdadero monumento gigantesco del pensamiento moderno», explicó Feuerhahn.

Por su parte Michael J. Barany (University of Edinburgh) realizó una ponencia titulada «Nombrar, traducir y adaptarse: redes y organizaciones mundiales de la matemática en el siglo XX». Barany se refirió a la hegemonía del Global english en las comunicaciones científicas. Explicó que se desarrolló principalmente después de la Segunda Guerra Mundial, como resultado de los vínculos entre la ciencia, la geopolítica, la financiación militar industrial y la guerra fría. La traducción y la publicación de la información científica son actividades costosas, señaló, y a mitad del siglo pasado se fortaleció enormemente el apoyo financiero directo e indirecto para esto en entornos anglófonos. De ese modo el inglés se convirtió en un idioma dominante de la información científica.

Barany destacó tres dimensiones conectadas para la historiografía de la política de la ciencia en relación al lenguaje: en primer lugar este está incrustado en las instituciones y es fundamental para la creación de comunidades y de la actividad científica organizada. En segundo lugar, el lenguaje está integrado en las infraestructuras que dan una dimensión material a las características sociales o organizativas de la comunicación. Por último «la traducción nunca se termina», los actores históricos tradujeron constantemente entre idiomas, instituciones e infraestructura. 

El lugar de la incomprensión

Explicó que su trabajo se enmarca en la vertiente heterolingüe para examinar la política de la traducción en la historia de la ciencia. La comunicación y la comprensión siempre se basan en la traducción, que incluye la creación de límites entre idiomas, así como el movimiento entre ellos. La visión heterolingüe considera a la heterogeneidad entre idiomas como una condición de comprensión, no solo un obstáculo. Se traduce en condiciones de desigualdad y hegemonía, afirmó, y si bien la traducción reduce algunas diferencias, articula otras. En tanto, la vertiente homolingüe asume la unicidad de idiomas y modismos separados y la normalidad del entendimiento entre comunicadores dentro de una sola lengua. Según esta visión, la traducción es una fuente entre sistemas separados y coherentes de discurso.  

Señaló que en el estudio de la historia de las matemáticas la distinción entre las dos vertientes se puede aplicar tanto a las lenguas nacionales como a los marcos matemáticos conceptuales, que «son en teoría dos discursos altamente homolingües». Las matemáticas se definen por la coherencia y unicidad de sus regímenes discursivos y la posibilidad de comprensión absoluta, «sin embargo históricamente tiende a haber mucha más evidencia del discurso heterolingüe en matemáticas. La atención a la traducción y la incomprensión enriquecen los relatos históricos de las personas matemáticas así como de las ideas matemáticas», indicó

El trabajo y los vínculos intelectuales de los matemáticos se extendieron a escala intercontinental en la segunda mitad del siglo XX, al igual que el Global english, explicó. Las fundaciones filantrópicas, sociedades matemáticas nacionales e internacionales y los patrocinadores gubernamentales y militares contribuyeron a nuevas redes que permitieron a los matemáticos «producir coherencia y conexión a través de la adaptación y traducción heterogéneas». 

Barany observó que la adaptación y la traducción alcanzaron incluso a los nombres personales, un aspecto del lenguaje que generalmente no se considera que requiere traducción, al menos cuando se trata del mismo alfabeto. Sin embargo «vistas heterolingüemente» las variaciones en estos nombres son parte de complejos más grandes de traducción que ayudan a explicar las matemáticas globales. Como ejemplo citó el caso de Harry Miller, quien fue el principal intermediario en los proyectos de la Fundación Rockefeller para el desarrollo de las ciencias -incluidas las matemáticas- en América del Sur a mediados del siglo XX. Este programa implicaba traducir entre diferentes contextos de investigación matemática y distintas experiencias y expectativas de los investigadores matemáticos. También se debía traducir entre las condiciones políticas y diplomáticas, así como en los ámbitos institucionales para las finanzas y los viajes. Miller participó en la selección del destacado matemático uruguayo José Luis Massera como becario de la fundación e impulsó su beca al conocer informes sobre su talento como matemático, pero en ellos no obtuvo datos acerca de su rol como figura comprometida del Partido Comunista en Uruguay. La condición política de Massera fue una consideración menor para sus patrocinadores pero un aspecto importante para los gobiernos que regularon su capacidad para viajar, explicó. Barany comparó registros sobre el funcionario norteamericano en los archivos de la fundación y de la Udelar, y encontró tres formas diferentes para nombrarlo, dependiendo del tipo de comunicación donde aparece, del tipo de institución o funcionario interlocutor, y de los asuntos que debían resolverse en cada caso. 

Luego de aportar otros ejemplos históricos de la relación entre matemáticos, instituciones y políticas, destacó que la creación de nuevas redes y organizaciones mundiales dependió de actos continuos de traducción y adaptación heterogéneas, tanto por parte de matemáticos como de burócratas. En ese análisis Barany encontró rasgos «de la naturaleza política y material combinada de la escala global, así como el lugar de la generosidad, la solidaridad y la incomprensión en esta historia».

Imperialismo y salud pública

La ponencia de Teresa Huhle (Universität zu Köln), «De filántropos y agentes del imperialismo: estudios de población y planificación familiar en Colombia y América Latina durante la Guerra Fría», se vincula con su tesis doctoral en la que estudió desde una perspectiva histórica y trasnacional la construcción de saberes alrededor del llamado problema de la población en Colombia, con énfasis principalmente en el año 1960. Huhle explicó que el enfoque de este trabajo fueron los estudios de población y por tanto una ciencia muy aplicada que jugó un papel clave en la construcción y visibilización de la explosión demográfica (la idea de que la población a nivel mundial, pero sobre todo en los países del sur, crecía peligrosamente rápido). Señaló que estas ideas fueron contestadas desde perspectivas muy diversas por lo que los estudios de población y las personas que hacían y financiaban estos estudios se encontraban en el medio de fuertes polémicas acerca del control de la población y la planificación familiar.

Para abordar este tema Huhle se centró en las relaciones entre ciencia y política, temática de las jornadas, desde distintos ángulos. Uno de ellos fue mostrar que los estudios de población se usaron como legitimación política para programas de planificación familiar. Otra de las perspectivas apunta a visualizar que estos estudios fueron el producto de la cooperación entre científicos colombianos y estadounidenses, una colaboración que tiene que entenderse como parte de las políticas de desarrollo en los tiempos de la Alianza para el Progreso. El tercer ángulo de enfoque de la temática busca hacer visible que los científicos involucrados pretendían brindar una ayuda técnica y por lo tanto apolítica y que además ignoraban muchas dimensiones políticas locales, que tenían mucho que ver con los cambios demográficos. Como último aspecto se propuso demostrar que los estudios de población y sus protagonistas eran una parte importante en las polémicas acerca de la planificación familiar y el control de la población, «por un lado se celebraron como filántropos, por otro se criticaron como agentes del imperialismo», expresó. 

La exposición de Anne-Emanuelle Birn, de la Universidad de Toronto, se tituló «Descolonizando la historia de la salud pública internacional: temas, fuentes, actores y narrativas enmascaradas por la Guerra Fría continua», reflexionó sobre la importancia de reconocer la Historia como actor vivo. Acotó que actualmente estamos en un momento crítico en cuanto al reconocimiento del papel de los pueblos originarios, de los pueblos indígenas. La Escuela del Sur, explicó, planteaba el sur como nuestro norte. Por ejemplo, para Joaquín Torres García el sur no vive solo, claro está, pero tenía una óptica muy distinta a lo que se veía al inicio de las Naciones Unidas, a fines de la Segunda Guerra Mundial. Torres García representaba la idea de la construcción de la Historia del sur, que no precisa necesariamente un norte. Asimismo, Jaime Torres Bodet fue un político y filósofo mexicano, que formó parte del grupo de Los Contemporáneos en los años 20 y utilizó la idea de alfabetismo en ciencia y en artes como entrada al desarrollo. Bodet se encontró con una resistencia muy fuerte dentro de la UNESCO al denunciar el racismo e incorporar los derechos humanos para combatirlo.

Respecto a la historia de la salud, Birn destacó que Uruguay formó parte de las estadísticas de mortalidad de los años 20, formuladas por las Naciones Unidas, debido a su registro de enfermedades con estándares internacionales. Además, en 1954, nuestro país también es reconocido en Francia por la creación del Código del Niño: una referencia sobre las políticas que se deberían implementar en torno a la protección de la infancia. Otro ejemplo latinoamericano, según Birn, es una publicación del Departamento de Salud Pública de México, realizada en inglés y enviada a Washington en 1936 para consideración del presidente estadounidense Franklin Roosevelt, que en ese momento estaba intentando pasar una legislación para crear un sistema de salud pública. Mediante esta publicación se intentaba mostrar que Washington debía aprender de México y que los avances de este último servían como lección. 

Por último, Birn concluyó que al mirar la narración de la identidad en la pandemia actual, pueden observarse tendencias muy interesantes. Por ejemplo, la nueva Operación Balmis de España, que hace referencia a una campaña «muy rígida y autoritaria» contra la viruela que implementó ese país en sus colonias en las Américas. También tanto Rusia como Cuba «han utilizado intencionalmente la narrativa de la Guerra Fría para impulsar su propia ciencia». 

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