Tania Fernández señaló que el libro ¿Quiénes son ellas? 12 mujeres uruguayas en STEM reflejó el resultado de un proyecto de aula que se inició en 2017 en la escuela rural N° 32 de Progreso en Canelones. Recordó que al comienzo de este trabajo no se había planteado crear un libro ni que el proyecto continuara por tanto tiempo. Sin embargo, el proyecto se fue transformando y cobrando distintas dimensiones por la motivación de los niños y niñas y de sus padres y madres en el marco de la pandemia porque se pudo presentar la propuesta en otra escuela en modalidad virtual. Resaltó que «generalmente se le adjudica a los docentes el rol pasivo de transmitir conocimientos pero el papel más activo de construir conocimientos y generar proyectos no es tan común».

¿A cuántas mujeres referentes conocemos?

Explicó que las escuelas rurales funcionan con un aula multigrado donde coinciden distintas edades e intereses en un mismo grupo y su metodología didáctica se basa en trabajar con todos al mismo tiempo y con proyectos comunes. Es por eso que cuando estaban haciendo junto con los niños y niñas una lista de protagonistas uruguayos para trabajar durante el año se dieron cuenta que este listado no incluía ninguna mujer. Señaló que en la clase venían hablando de la importancia de las mujeres, de reconocer que todas pueden formarse en cualquier área y que los juguetes y las profesiones no tienen género. Lo llamativo fue que a pesar de esto, al momento de pensar quiénes eran las personalidades uruguayas con las que podían trabajar, los niños y niñas no conocían ninguna referente. A partir de este descubrimiento, a Fernández le surgieron algunas interrogantes: «¿Cuántas referentes conozco yo como maestra? ¿Cuántas se ven en el programa de educación? ¿Cuántas referentes vi en el transcurso de mi educación?». A partir de estas preguntas se dio cuenta que la ausencia de mujeres que se reflejaba en la lista partía de un desconocimiento mucho más general porque también estaba presente en todos estos niveles educativos. 

En su caso personal antes de comenzar con el proyecto al pensar en referentes mujeres le venía a la cabeza Paulina Luisi, Juana de Ibarbourou y  algunas artistas o periodistas pero en suma, no eran muchas. Incluso si se centraba en mujeres contemporáneas, la lista se reducía aún más y si pensaba en investigadoras en ciencia y tecnología no conocía ninguna. «Esta ausencia de visibilidad de las mujeres que trabajan en ciencia hoy, se contrapone a que son muchas, son reconocidas en el mundo e impulsan una perspectiva de acercar la ciencia a la sociedad y de cambiar el lugar que se le da a las mujeres en la ciencia», resaltó.

Fernández comenzó a formarse en la temática, en 2018 iniciaron el proyecto en clase que apuntaba a valorar y reconocer mujeres en todas las áreas y en 2019 decidió enfocar el trabajo en referentes contemporáneas en las áreas de STEM porque eran las que menos conocían en Primaria. Realizó el ejercicio de rastrear con el buscador de internet mujeres uruguayas y los resultados eran variados, encontró mujeres de distintas áreas pero nunca científicas. Esto le dio el indicio de que el desconocimiento y la invisibilidad de las mujeres en el área de la ciencia se detectaba a nivel de toda la sociedad. La pregunta inicial fue ¿Por qué no habían mujeres del área de la ciencia destacadas por la sociedad si había muchas que comenzaban a estudiar? En este sentido, entiende que en las áreas STEM como en Biología ingresan más mujeres que hombres a la Universidad pero a medida que avanza la carrera, las mujeres que se destacan son muy pocas. Esto se refleja en los llamados «gráfica de tijeras» y «el techo de cristal». 

Romper con los estereotipos de género

La investigación que Fernández realizó en forma paralela al proyecto de aula le permitió entender que «había un gran peso en los estereotipos de género y en los estereotipos de profesión que alejaba a las mujeres de estas áreas de conocimiento». Señaló que estos estereotipos se visibilizan desde la niñez cuando las niñas expresan a qué profesión se quieren dedicar. «¿Qué hacemos los docentes durante la educación primaria y secundaria para influir en eso?», se preguntó. Concluyó que «sin querer perpetuamos numerosos estereotipos de género, incluso pensando que no queremos hacerlo». 

Apuntó que en formación docente existe un abordaje de perspectiva de género, y personalmente participó de cursos sobre este tema, además, uno de los ejes transversales del programa tiene que ver con género. No obstante, entiende que los docentes «seguimos fortaleciendo esos estereotipos». Señaló que esto se ve especialmente porque no se brinda información a los estudiantes sobre referentes mujeres, en las imágenes que se presentan en clase al hablar de ciencia, siempre asociadas a una figura masculina, como la del «científico loco» y en el abordaje de teorías científicas asociadas sólo a hombres de la ciencia. «Ni siquiera hablamos de Marie Curie que es la científica más conocida», expresó. 

Otro estereotipo de género que se registra en la educación es que la mayoría de las docentes son mujeres y cuando se presentan proyectos de ciencia, tecnología o robótica, los que llevan adelante esos proyectos son maestros hombres. «Además muchas maestras repetimos el temor a la ciencia y la tecnología, el miedo a acercarnos a esas áreas porque están muy masculinizadas y todo eso lo llevamos al aula», afirmó.

Visualizó que la formación en filas de niñas y de varones, el estilo de la túnica de los varones abotonada hacia adelante y la de las niñas con botones hacia atrás con lazo y puntillas son más señales que desde la Escuela Primaria se da para reproducir los estereotipos de género. También se hacen notorios en que sea aceptado que los varones tengan la túnica sucia, que se peleen cuando juegan al fútbol o que sean desprolijos. Mientras que se espera que las niñas tengan la túnica limpia, que sean más afectuosas, amables y prolijas, que no discutan ni se peleen, que sean más compañeras y más tolerantes, por ejemplo.

Fernández entiende que «de alguna manera vamos replicando estos estereotipos lo que hace que al momento que van a acercarse a áreas como ciencia, tecnología o matemática,  las niñas sientan ese rechazo y los varones sientan que tienen que ser buenos para eso».

Con el proyecto Fernández entendió que las mujeres científicas de las distintas áreas del STEM, tenían una necesidad de contar lo que estaban haciendo, de democratizar el conocimiento pero también de romper estos estereotipos para que más mujeres entren en estas áreas. Apuntó que las mujeres suman otra mirada a problemáticas actuales de la sociedad y objetos de estudio diversos.

El deseo de las mujeres científicas de comunicar ciencia coincidió con el de las niñas y los niños de conocerlas, afirmó. «Siento que desde mi lugar de docente mi rol fue abrir puertas, fui una mediadora entre las ganas de aprender de los niños y las niñas y el conocimiento que generaban las mujeres científicas, que no llegaba a la escuela», expresó. Además, los niños y niñas tuvieron la oportunidad de ir a la Facultad de Ciencias y así ver los laboratorios para conocer en forma presencial lo que se estaba haciendo, comentó. 

Fernández explicó que fue conociendo a las cientìficas de acuerdo a qué área y qué contenidos necesitaba abordar ese año en la clase. Al trabajar con las investigadoras puso el énfasis en el lenguaje matemático. Por ejemplo, con la socióloga Natalia Moreira trabajaron con estadísticas y luego llevaron estas estadísticas al aula para realizar sus propios trabajos de análisis e investigación. También se acercaron al lenguaje matemático desde el trabajo de la física y de la astronomía. Cuando terminó el proyecto de aula, Fernández se dio cuenta que entre las investigadoras con las que habían trabajado no había ninguna matemática. Aunque no quiso cambiar el proyecto para ser fiel al trabajo que había desarrollado en el aula, procuró reflejar que en las consignas se incorporara el lenguaje matemático. 

Las doce investigadoras fueron elegidas con el criterio de que sus áreas de trabajo abordaran los contenidos que sus alumnos necesitaban trabajar durante el año. En la elección de las investigadoras también recibió el apoyo de su hermano, estudiante de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República. Fernández comentó que su hermano como estudiante universitario «estaba sensibilizado con la temática, es un varón que se percibe feminista, y muy empático con la situaciones de desigualdades de sus compañeras mujeres pero él tampoco conocía muchas investigadoras mujeres en la Facultad». De todas formas, con su apoyo se fue contactando con mujeres que quisieran transmitir ciencia y que estuvieran realizando algún trabajo destacado, pero también que su área tuviera algún punto en común con los contenidos que tenía que enseñar en el curso. «Aunque no soy mujer científica, la preocupación de las investigadoras por romper barreras y estereotipos de género y que las mujeres sean visibles en esas áreas, la siento propia», expresó. 

Entiende que con estos estereotipos de género «estamos generando y fortaleciendo una brecha y cerrando el abanico de posibilidades a las actuales y a las próximas generaciones». Es necesario entablar un diálogo entre docentes y científicas, muchas veces el material científico no llega al aula porque las docentes no son parte de esta producción. En este sentido, subrayó que el libro «se vincula mucho con el trabajo en equipo, con la importancia de trabajar juntos porque necesitamos aliados que quieran quebrar los «techos de cristal».

¿Quiénes son ellas?

Teniendo en cuenta que las investigadoras elegidas se destacaran en las áreas a abordar en el curso como biología, física, astronomía, sociología, entre otras, tomó el criterio de que fueran contemporáneas y de distintos lugares del país para ampliar la propuesta y resaltar el aspecto interdisciplinar de la generación de conocimiento. Además, eligió doce investigadoras para trabajar una por mes. Subrayó que muchas investigadoras se mostraron sensibilizadas por la temática, apoyando la propuesta y algunas quedaron afuera del libro pero un número mayor hubiera hecho que el trabajo fuera inviable en un año. 

Las doce investigadoras son egresadas de la Universidad de la República y muchas de ellas trabajan en la institución. Entre ellas se encuentran Bettina Tassino y Ana de Nicola, ambas docentes de la Facultad de Ciencias pero con diferencias generacionales, otro de los aspectos que tuvo en cuenta para elegir a las científicas. Esto permitió, también, que el proyecto cuente cómo cambió el trabajo científico en el país a lo largo de los años. Natalia Moreira, docente de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación y de las Facultades de Ciencias Sociales y Derecho y Anita Aisemberg, bióloga egresada de la Udelar y reconocida por su trabajo investigativo en arácnidos son otras científicas que se incluyen en el proyecto. La idea se basó en que los niños y niñas pudieran ver las opciones en ciencias que existen y todo lo que se puede hacer, incluso que conocieran que hay investigadoras que se formaron en Uruguay y actualmente están trabajando en el exterior como Mariana Di Giacomo, paleontóloga que está trabajando en uno de los museos más importantes de Estados Unidos. 

Además, los escolares conocieron el trabajo de la arqueóloga egresada de Udelar, Moira Sotelo quien «también es jugadora de fútbol, rompiendo otro estereotipo de género», contó Fernandez. Así como también la física y docente de las Facultades de Ingeniería y de Ciencias, Florencia Benítez quien juega al básquetbol. La microbióloga Natalia Bajsa y la bioquímica Vanesa Amarelle que trabajan en el Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable también formaron parte del proyecto. Así como lo hicieron, la bióloga Soledad Ghione que se ha enfocado en la conservación de la biodiversidad y la gestión de áreas naturales y la bioquímica Ana Inés Zambrana quién además es magíster en Biología del Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas (PEDECIBA). Asimismo, la ingeniera eléctrica Fiorella Haim, gerenta general del Plan Ceibal, contó su experiencia a los y las niñas.

Fernandez destacó la generosidad de las investigadoras que respondieron sin demora los correos electrónicos enviados y la generosidad para participar de los intercambios en las escuelas de Progreso, Las Piedras y Montevideo, donde también se desarrolló el proyecto. 

Un aporte a la educación pública

Con respecto a cómo surgió la idea del libro, indicó que fue una sugerencia de una de las doce protagonistas que le manifestó que con todo el material generado podía hacer un libro y presentarlo a la convocatoria a los Fondos Concursables del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). De esta manera, se armó un equipo con personas que podían hacer el trabajo fotográfico y las ilustraciones que Fernández tenía en mente. Los textos y todo el material didáctico lo escribió la maestra, las ilustraciones estuvieron a cargo de Alejandro Sequeira y la fotografía de Marcelo Casacuberta.     

Otro punto a resolver fue cómo acercar el libro a la gente, para ello creó un perfil del libro en Instagram, como un espacio de intercambio para compartir el proceso detrás del proyecto. Allí pudieron compartir además mucho material que no está en el libro como fotos de actividades que se hicieron en el aula. La difusión tuvo como repercusión muchas científicas y docentes que se interesaron por el proyecto. En la actualidad, con el objetivo de hacer visible lo que ocurre en las aulas, alentar el trabajo más creativo de las maestras y los maestros y romper estereotipos de género, abrieron un espacio en esta red social para realizar vivos con maestras que estén trabajando sobre ciencia o género y que quieren contar acerca de los proyectos que estén realizando en esta área. Agregó que Cultura Científica, un programa del MEC en el que participan muchos docentes, también trabajó en el libro.

Fernández resaltó que con este trabajo se creó mucho material «que refleja lo que yo quería contar y que sirvió efectivamente en la práctica». En este sentido, comentó que «existen muchos materiales teóricos o pensados para el aula que nunca estuvieron allí pero en el libro se vuelca todo lo que surgió efectivamente en el aula». Destacó la importancia de ayudar a las niñas a que puedan creer en sus potencialidades y a que los varones vean este problema, se lo cuestionen y traten de abrir espacios desde su lugar. «Si bien es cierto que que la mujer llegue a estos lugares requiere de mérito propio también es necesario que los hombres sientan esta preocupación como propia», sostuvo.

Fernández manifestó su alegría por el resultado del libro. «Siento que se pudo plasmar la preocupación como mujer, como maestra, de contribuir a brindar posibilidades a las niñas, de no repetir en ellas mis miedos, mis temores, a estas áreas, de poder generar un espacio de reflexión sobre la importancia de brindar referentes», expresó. También destacó su satisfacción por la metodología utilizada en el material, basada en el juego, en acercarse a la ciencia a través de problematizaciones reales y en trabajar en el aula en base a los temas que las niñas y los niños quieran ver. Asimismo, señaló su alegría por devolver algo a la educación pública en la que se formó: «yo estudié en la escuela, en el liceo y en el instituto magisterial públicos», manifestó. Afirmó que las doce científicas protagonistas del libro, todas egresadas de la Universidad de la República, manifestaron el mismo sentir, su deseo de devolver algo de lo que les dio la educación pública, la posibilidad de trabajar en lo que les gusta. «Todas las investigadoras contribuyen a eso y a hacer visible lo poderosa y enriquecedora que es la educación pública», consideró. Además, entiende que el libro «es un pequeño aporte» y que «queda mucho por hacer para atender esta preocupación que es mundial», concluyó.

 
 
 
 
 
 
 
 
 

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