El Portal de la Udelar dialogó con el docente de FVet, Juan Pablo Damián, tutor de la tesis de Maestría del docente de la Facultad, Javier Román, en el marco de la cual se realiza la investigación. El equipo de investigadores que lleva adelante este trabajo está integrado también por el decano de la FVet, José Piaggio, Gabriela Willat, presidenta de la Comisión Nacional de Zoonosis del Ministerio de Salud Pública (MSP) y Teresa Correa quien colaboró en los aspectos estadísticos de la investigación. 

Damián, profesor agregado del Departamento de Biociencias Veterinarias de FVet, destacó que la problemática de las mordeduras de perros tiene dos vertientes: las agresiones a personas y las que se dan contra otros animales. En cuanto a las lesiones causadas a humanos, que fueron en las que se enfocaron los investigadores del Proyecto, cuando una persona es mordida en Uruguay y es atendida por un centro asistencial, la institución tiene la obligación de notificar al Ministerio de Salud Pública (MSP). En la investigación analizaron el período comprendido entre el año 2010 y el 2020 inclusive, para saber si la pandemia había afectado las mordeduras como había sucedido en otros países y utilizaron la base de datos que les ofrecía el MSP de las notificaciones de personas mordidas por perros.

Población más vulnerable: niños, niñas y adolescentes 

Damián resaltó que el hecho que la mayoría de las víctimas de estas lesiones sean niños y adolescentes es muy importante por la alta frecuencia en la que se registran mordeduras de perros en esta etapa vital y por las complicaciones y riesgos que les generan. En este sentido señaló que las lesiones en los niños se dan especialmente en la cabeza y en el cuello, a diferencia de lo que sucede en jóvenes y adultos, en los que estas heridas se ven más en el tronco o en las extremidades inferiores. 

Una de las explicaciones que los investigadores atribuyen a esta mayor frecuencia de mordeduras de perros en los menores de 14 años, es que los niños no perciben el lenguaje corporal de los animales como sí lo hacen los adultos, que lo entienden y toman ciertos recaudos. «Un perro que muestra los dientes, al niño le puede parecer que está sonriendo, es necesario enseñar esto a los niños», acotó. Damián señaló que otra condición que hace que la frecuencia de mordeduras sea mayor en las personas de esta franja etaria, es que los niños juegan con los animales de forma más enérgica que los adultos, tienen una forma de jugar espontánea y con menos control, lo que despliega ciertos comportamientos en los perros. Esto sucede por ejemplo cuando un niño le pega a un perro y sale corriendo o lo molesta cuando está comiendo, lo que puede despertar en el animal el comportamiento depredador. 

Acotó que también se ve una diferencia en el número de casos entre niñas y varones, son más frecuentes los ataques de perros en estos últimos que en las niñas, lo que coincide también con reportes de lo que sucede en Europa y Estados Unidos. Añadió que esto se adjudica al tipo de juego que realizan los varones, que se caracteriza en general más que el de las niñas por gesticular, correr, saltar, usar palos, lo que desencadena ciertos comportamientos agresivos en los perros.

Otras condicionantes

Otro factor que marca diferencias en el número de mordidas de perros es el estacional, la mayor frecuencia de este tipo de lesiones se da en primavera y verano, vinculado al tipo de actividades que llevan adelante las personas y los animales en este momento del año, caracterizadas por ser mayoritariamente al aire libre. Señaló que no obstante este hecho no se da de forma similar en todos los países de Latinoamérica, en Chile por ejemplo, las mordidas de perros ocurren mayoritariamente en invierno y lo explican por el hecho de que es la época del año en la que los perros pasan de estar en el fondo de la vivienda a estar más dentro de la casa. 

También analizaron si la pandemia afectó la frecuencia de mordidas de perros en el país, como sucedió en Estados Unidos e Inglaterra, donde en los primeros meses de la pandemia se llegó a triplicar el número de personas mordidas con respecto al que se registraba en años anteriores.  En el caso de Uruguay la pandemia no tuvo impacto en la frecuencia de estas lesiones, lo que atribuyen a que el encierro y las restricciones en el desplazamiento de las personas en el país no fue tan estricto como en otros lugares del mundo.

Condiciones de los perros 

Con respecto a las razas de los perros que protagonizan estos hechos, destacó que  este tema ha sido muy debatido y que los datos a este respecto varían si provienen de la etiología clínica, de las denuncias al MSP o de la percepción de los veterinarios. Las lesiones denunciadas al Ministerio son las causadas por perros de razas grandes, que generan heridas de mayor gravedad, en cambio muchas de las que se registran en la atención médica no llegan al MSP porque son provocadas  por perros de menor tamaño y no generan lesiones de entidad. A su vez la percepción de los veterinarios brinda datos que difieren con los que emanan de la clínica y del MSP, los veterinarios ubican razas como la de los pitbull, en uno de los primeros lugares en cuanto a frecuencia de estos hechos, aunque no es la que tiene mayor número de denuncias de mordeduras en el MSP ni de la asistencia médica. Damián añadió que esto los lleva a concluir que aunque podría existir cierta predisposición, la raza no es determinante y que el comportamiento de los perros está más fuertemente asociado a las condiciones ambientales que a las genéticas. 

Añadió que en ciudades de algunos países como Canadá se han aprobado reglamentaciones que restringen la posibilidad de tener algunas razas de perros consideradas potencialmente peligrosas. No obstante, al comparar la frecuencia de mordeduras en estas ciudades con otras del mismo país que no tienen aprobada esta normativa los números son iguales. «Prohibir una raza no evita que las personas sean mordidas o que haya una disminución en estas lesiones», afirmó. Además la mitad de los perros que participan de hechos agresivos en Uruguay pertenecen a razas cruzadas por lo que si se legisla con respecto a razas puras, no se estaría atendiendo la problemática de este 50% de los perros.

Otro de los factores que se vincula con las condiciones de los perros es el de cómo transcurren sus etapas de desarrollo, que son muy marcadas. Una de ellas es el llamado período de socialización, que va desde los 21 días a las 12 semanas de vida y es la etapa bisagra a lo largo del desarrollo. Tal es la importancia de este lapso que los cachorros no pueden ser adoptados antes de los 40 o 45 días de vida porque la madre es la única que le impone o le enseña ciertas conductas, como por ejemplo la inhibición de la mordida, si son separados de la madre antes de este plazo no adquieren este aprendizaje. Asimismo es necesario que los perros pasen este tiempo también con sus hermanos y que tengan contacto con casi todos los estímulos posibles que va a tener en su vida, con otros animales de su especie de diferentes tamaños, con personas de distintas edades y con otras especies. Esto es así porque los estímulos a los que el animal no se enfrenta en este período, cuando se le presentan en otra etapa le terminan generando miedo lo que hace que el perro reaccione con agresividad. «Un mal período de socialización no solo puede traer problemas de agresividad sino también de ansiedad, miedo, fobia, entre otros», afirmó Damián.

Educación: «un elemento clave» 

Damián entiende que «la educación es uno de los elementos claves» para trabajar en la prevención de estos hechos y que debe estar dirigida principalmente a los niños por lo que considera que debería estar incluida en el nivel primario y secundario de la educación formal en Uruguay. En este sentido una de las propuestas del equipo es generar tecnologías de la información y las comunicaciones (TICs) para que puedan ser utilizadas en los centros educativos y en un futuro podrían ser compartidas en plataformas como la del Plan Ceibal. 

Señaló que la educación de los niños es importante no solo para que ellos sepan cómo comportarse con los perros sino también para que a través de ellos se pueda llegar más fácilmente a los adultos con la información sobre esta temática. 

Asimismo resaltan la importancia de trabajar en la sociedad la conciencia de una tenencia responsable de los perros, «muchos de estos problemas surgen cuando los animales se tienen en malas condiciones», señaló. Desde el punto de vista de los veterinarios, la tenencia responsable comienza antes de tener un perro, entienden que las familias se deben preguntar si están en condiciones de tener un animal, si tienen el tiempo para cuidarlo y los recursos económicos para brindarle las condiciones de bienestar, alimentarlo, bañarlo, vacunarlo, sacarlo a pasear. Añadió que si eso no es así, es mejor que la familia no tenga perros, podría optar por un animal de otra especie o por no tener mascotas. 

Recomendó que en una segunda instancia, si el núcleo familiar decide adoptar un perro, debería consultar a un veterinario o especialista en la materia acerca de qué tipo de animal se adapta mejor a las condiciones del ambiente de esa familia. Animales de diferentes razas tienen distintos requerimientos, algunos tienen mayor necesidad de correr por lo que se adaptan mal a espacios muy pequeños. 

Otro de los aspectos a resaltar es que en Uruguay entre un 50 y un 60% de las señales de agresividad de un perro en las familias ocurre antes del año de vida del animal, pero los propietarios no consultan ante estas señales, lo hacen directamente cuando el perro mordió y frecuentemente cuando lo hizo a varios miembros de la familia y varias veces. Damián aconsejó que si las familias perciben alguna de estas conductas agresivas en el perro, consulten al veterinario porque se pueden tratar y los pronósticos son muy diferentes si se atiende cuando es un cachorro que un perro adulto. 

Damián señaló que por la complejidad de la temática, en la actualidad están trabajando en una red internacional con el fin de analizar paso a paso todos los posibles indicadores presentes en estas lesiones. De esta forma apuntan a generar un modelo o algoritmo que permita entender cuáles son los contextos y condiciones del perro, la persona y el ambiente, que hacen que se produzcan estas situaciones o tengan un factor de riesgo elevado.

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