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Coloquio «La Historia de la Dictadura desde la Universidad de la República»: memorias que subsisten

El coloquio «La Historia de la Dictadura desde la Universidad de la República», que se llevó a cabo en el marco de los 50 años del Golpe de Estado cívico militar de 1973 en Uruguay, tuvo su mesa de cierre el 22 de junio. La actividad, titulada: «El golpe de 1973 y sus políticas de memoria: entre lo recurrente y lo nuevo», contó con las ponencias de los docentes e investigadores de la Udelar, Aldo Marchesi, Mariana Achugar y Marisa Ruiz y la relatoría de Diego Sempol.

El investigador José Rilla, quien iba a participar también de este panel, no pudo estar presente. Sempol introdujo la actividad señalando que «durante décadas diferentes conmemoraciones, movilizaciones, declaraciones y publicaciones en formatos muy variados, así como algunas políticas públicas, han entretejido explícita e implícitamente diferentes políticas de memoria». Esta mesa tuvo como objetivo «abordar la presencia y reelaboración de algunas memorias recurrentes que subsisten pese al avance historiográfico de las últimas décadas», explicó.

La mesa se inició con las preguntas: «¿Qué visibilidad han tenido en el espacio público las memorias del golpe de estado durante los últimos años? ¿cómo aparecen, dónde, cuándo, qué asuntos recurrentes en el terreno de las luchas de memoria han sido tensionadas con el análisis histórico?», que fueron respondidas por cada panelista.

Distintas miradas sobre el pasado

Marchesi por su parte, señaló que siempre que hablamos de memorias sobre el pasado nos referimos a «presentes que pueden ser recortados de diferentes maneras». Para su análisis el investigador delimitó un espacio temporal que abarca los últimos diez años. Observó en ese período dos grandes momentos: uno de «nuevos fenómenos vinculados al momento progresista que tuvo un fuerte impacto en todos los debates sobre el pasado» y otro en los últimos cinco años, caracterizado por la «reemergencia de narrativas que son viejas y vuelven configuradas y renovadas fundamentalmente por nuevos actores políticos asociados al fenómeno global de la emergencia de la nueva derecha», que a la vez impactaron en algunos actores de los partidos tradicionales.

Se refirió a un artículo de su autoría de 2012, en el cual identificó dos grandes narraciones para pensar el pasado reciente, «dos núcleos interpretativos relacionados a configuraciones de bloques de memoria» que a la vez articulaban los debates del momento. Por una parte se sostenía «la narración de la guerra», donde se embanderaban sectores conservadores, democráticos o en algunos casos de carácter autoritario, y por otro lado la narración del Terrorismo de Estado, que agrupaba a sectores de las izquierdas, del movimiento social y en ocasiones del centro político. Esta tenía como punto de partida la narrativa militar, planteada ya en dictadura e incorporada por sectores civiles en los años noventa -en esto Julio María Sanguinetti «tiene un papel central»-, sostuvo. Agregó que en su opinión «esta idea de guerra es diferente de lo que muchas veces se ha entendido como teoría de los dos demonios», dado que «en esta narración la causalidad es única, se plantea que el problema fue la izquierda en los sesenta, ya sea en su dimensión armada o en su dimensión social y eso generó un proceso incontrolable, primero de caos y luego de demanda de orden que de alguna manera los militares cubrieron».

Para Marchesi, en la última década «esta idea se fortaleció, de alguna manera Cabildo Abierto generó un renacimiento de esta visión sobre la guerra contra el Estado, la democracia, la nación». Aparecen otros debates, por ejemplo sobre la reparación de las víctimas de la guerrilla o sobre la enseñanza de la historia en las instituciones educativas, agregó. De todas formas, esta concepción «es una idea alejada de un negacionismo», expresó. En cuanto a la narrativa del Terrorismo de Estado, indicó que tuvo un renacimiento a partir de 1996 y desde ese momento ha seguido convocando a sectores de la sociedad civil, de la izquierda y en menor medida de los partidos tradicionales. En el medio de estas dos visiones, en la última década se ha generado un clima más polarizado en torno a los debates sobre el pasado reciente, señaló. No obstante, observó que la idea de separarse de los conflictos políticos de los setenta y plantearse «como una tercera vía» fue tomada por algunos sectores del Frente Amplio, particularmente en cierta discursividad de los presidentes Tabaré Vázquez y José Mujica. 

Memorias feministas

Para abordar la interrogante planteada Marisa Ruiz se refirió a las memorias feministas del Uruguay. Resaltó que la memoria del período represivo en el país se construyó en base a testimonios difundidos inmediatamente después de la dictadura, en especial acerca de la prisión prolongada que fue el instrumento específico de la represión en Uruguay. Predominaban los relatos masculinos y épicos, lo que contribuyó a crear una memoria emblemática de los varones en prisión. Uno de los mecanismos que contribuyó a esto según Ruiz fue el icónico, una muestra de ello fue la foto de la conferencia de prensa realizada en la sede de Padres Conventuales, en la que aparecían los rehenes hombres recientemente liberados a la salida de la dictadura y que se incorporaban a la vida democrática del país. Ruiz entiende que los rehenes fueron reconocidos por su historia de largo sufrimiento y legitimados en su calidad de combatientes, con lo que quedaron equiparados a las Fuerzas Armadas. Opina que con esto se fortaleció la teoría de los dos demonios que planteaba que había habido una guerra en la que la sociedad y los partidos políticos quedaron atrapados. «Se olvidaba de las mujeres, de las asociaciones sociales populares, de las acciones de la izquierda desarmada tanto en democracia como en dictadura», afirmó. Para definir esta coyuntura se refirió a Susan Draper, quien planteaba la producción de «una suerte de propiedad patriarcal de la memoria» por la que se recuerda socialmente según la consigna de los varones.

Ruiz marcó tres momentos relativos a las memorias de las mujeres en Uruguay, algunos individuales y otros colectivos, que configuran una cierta cronología o periodicidad. El primero de ellos fue la aparición del libro Mi habitación, mi celda de Lilián Celiberti y Lucy Garrido, en 1987. Este libro que abordaba memorias feministas, de prisión, violencia sexual e incluso la Operación Cóndor, pasó prácticamente desapercibido. Ruiz ubica el primer momento colectivo de la fundación de este tipo de memoria en 1997, cuando se consolida el colectivo de ex presas políticas y se llama a un concurso de testimonios con una respuesta que sobrepasó sus expectativas. Estos testimonios, que se presentaron en la Udelar, provenían de «mujeres exiliadas, familiares de detenidos desaparecidos, mujeres que no tenían una actividad política en la dictadura, mujeres de la vida cotidiana, mujeres que simplemente recordaban la dictadura como una pesadilla más allá de su filiación política».

Para Ruiz en 2011 se puede ubicar un segundo momento, la acción penal de 28 mujeres ex presas políticas que denunciaron públicamente en medios de televisión y prensa escrita, el abuso sexual al que fueron sometidas en prisión durante la dictadura. Esta denuncia puso sobre la mesa el tema de la violencia sexual. Entiende que esta acción penal se vincula con la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso de María Claudia García de Gelman, nuera del poeta argentino Juan Gelman. Este documento afirma: «Los señalados actos cometidos contra María Claudia García, pueden ser calificados como una de las más graves y reprochables formas de violencia contra la mujer basada en género, perpetrados por agentes estatales argentinos y uruguayos, que afectaron gravemente su integridad personal y estuvieron claramente basados en su género». Asimismo señaló que el tema de la violencia sexual es un continuo y así como estos dos hechos están conectados, existe otro en que se visibiliza el tema, el libro Las Laurencias, que incorpora la temática de la violencia de género y en el que Laurencia, el personaje principal, una mujer abusada sexualmente por la autoridad, le pide a su pueblo y al mundo que se reconozca la violencia sexual como crimen de lesa humanidad.  

Memoria y comunicación

En respuesta a las primeras interrogantes planteadas en esta mesa, Achugar realizó un abordaje desde la comunicación y los estudios del discurso. Señaló que «pensar la memoria es pensar el pasado en el presente y también por qué el pasado sigue en el presente siendo primera plana», en este caso 50 años después. Esto se relaciona con la falta de justicia y la falta de información y «por otro lado con que las memorias siguen en disputa, no hay un consenso sobre qué pasó», planteó, e incluso la periodización respecto a estos hechos está siendo puesta en cuestión en este momento, no solo a nivel local. Las disputas de poder «se expresan a través de relatos que son marcos interpretativos que nos tratan de explicar qué significa ese pasado para poder comprender el hoy; nos ubican también en disputas políticas del presente y nos ayudan a construir nuestra identidad política y social como miembros de un grupo», explicó.

A nivel público se observa que en las memorias hegemónicas se mantienen los dos grandes relatos: por una parte el de la guerra con sus variaciones, entre ellas la teoría de los dos demonios, que no proviene necesariamente del discurso militar «sino más bien desde el centro tratando de articular una salida que incluye a todas y todos y que libere de culpa al pueblo», que toma el lugar de la víctima de esta situación. En los últimos diez años, la nueva versión de este relato de guerra reacentúa uno de los participantes que se evalúa negativamente: la izquierda, y no solo la guerrilla. Achugar sostuvo que el discurso militar homogéneo se quiebra en los últimos años con los primeros juicios que establecen la culpabilidad de militares responsables de violaciones de los derechos humanos y muestra la idea de que «hubo excesos o acciones individuales incorrectas».

A esa narrativa se enfrenta la de resistencia y defensa de los derechos humanos, que muestra al Estado como actor principal de las violaciones a estos derechos. Achugar explicó que en las investigaciones del Observatorio de Medios de la Facultad de Información y Comunicación, del cual la investigadora forma parte, se identifica una tercera narrativa denominada «de tiempos oscuros», que plantea que la dictadura fue un periodo que nadie defiende, con variaciones. Esto genera la expresión de determinados grupos que no se sienten representados por ninguno de los relatos predominantes sobre el pasado. En la disputa de espacios de memoria a nivel público también surgen las memorias de mujeres, de jóvenes, de disidencias, de afrodescendientes, para marcar las particularidades de la afectación de estos colectivos durante la dictadura, que hoy se releen como diferentes formas de violencia por parte del Estado agudizadas en ese período.

El equipo integrado por Achugar ha investigado sobre los discursos identificables en la prensa, la cultura, los salones de clase o en ámbitos donde confluyen personas de distintas trayectorias y líneas de pensamiento, «ahí emergen nuevas interpretaciones y mezclas de estos relatos que son interesantes», por ejemplo, en forma recurrente emergen los temas relativos a la responsabilidad, planteó.

A continuación los panelistas respondieron a las preguntas «¿Cuáles son las nuevas preguntas y temas en el campo político y de reflexión? ¿Qué asuntos y problemas instalan?». Finalmente respondieron sobre las interrogantes: «¿Cuáles han sido las políticas públicas en el terreno de las memorias sobre el periodo dictatorial? ¿Qué efecto han tenido a nivel social, político y cultural?»

Acceder al video de las mesas «Política, violencia y terrorismo de Estado» y «El golpe de 1973 y sus políticas de memoria: entre lo recurrente y lo nuevo».

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