Conversatorio «¿Qué es ciencia abierta?»
En la instancia, en la que participaron Cristina Mansilla, Directora de Derechos Humanos y Derecho Humanitario del Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay y Gregory Randall, profesor de la Udelar y representante del Sistema Nacional de Investigadores en el Consejo Nacional de Innovación, Ciencia y Tecnología (CONICYT), se realizó un intercambio sobre las recomendaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y los compromisos de Uruguay para garantizar el derecho a la ciencia.
Una ciencia que se basa en la colaboración
La moderadora de la actividad fue Mariana Achugar, docente de la Udelar y coordinadora responsable de la Cátedra UNESCO de la Udelar. Achugar explicó que la actividad se realizó en el marco del ciclo «Horizontes Emancipatorios de Esperanza», que comenzó en 2026. Añadió que se entiende a la ciencia abierta «como una de las maneras en que podemos encontrar esperanza en un mundo que se enfrenta a múltiples crisis, considerar a la ciencia como un derecho humano es algo que nos brinda una posibilidad de respuesta ante estos múltiples desafíos que encontramos». Recordó que la UNESCO en noviembre de 2021 reconoció el valor de la ciencia como bien común y promueve el libre acceso de la información y la investigación científica. Añadió que el acuerdo y las recomendaciones que brindó UNESCO, fueron producto del trabajo de varios grupos de expertos y diálogos entre los distintos miembros de la organización, «en los que participó Uruguay y expertos locales que hoy tenemos la suerte de tener con nosotras y nosotros», expresó.
En ese sentido, Achugar destacó que «la práctica de la ciencia abierta se basa en valores de colaboración, fomenta un enfoque que alienta a la utilización de licencias abiertas, materiales de dominio público, flexibilidad en los sistemas de propiedad intelectual y todo esto con el objetivo de que el conocimiento sea de acceso público y que el beneficio de la ciencia sea para toda la sociedad». Asimismo se promueven oportunidades de innovación y participación en la creación conjunta de la ciencia conocida como ciencia ciudadana. La colaboración de académicos y científicos con actores de la sociedad civil organizada o con comunidades, permite construir conocimientos que respondan a necesidades de la sociedad actual.También se busca la inclusión de grupos que históricamente fueron excluidos de la producción de conocimiento científico, como las mujeres, poblaciones afrodescendientes, indígenas o personas con vulnerabilidad socioeconómica. También se busca el respeto a la diversidad de saberes a través de la integración de conocimientos de pueblos originarios y de otras culturas, conocimientos que pueden tener otro formato que no es el típico de la ciencia occidental. Achugar explicó que esto implica un cambio de paradigma muy grande pero con un fin común que es el de «defender el derecho del acceso a la ciencia como un derecho humano y también el derecho a que la ciencia sirva al beneficio de la humanidad».
Democratización de la ciencia y con base en los derechos humanos
Mansilla se refirió en primer lugar a la UNESCO y su trabajo. Recordó que la recomendación del organismo, de ciencia abierta fue aprobada en 2021 pero se comenzó a trabajar en 2019. Destacó que la UNESCO es una organización a la que generalmente se asocia solo con «su muy relevante trabajo en la cultura y de una forma un poco despectiva, como si la cultura no fuera un elemento central en la vida de los pueblos». Resaltó que la UNESCO tiene cuatro sectores más de actividad: educación, comunicación, ciencias sociales y ciencias naturales.
Explicó que a partir de 2019 en el sector de ciencias naturales la UNESCO empieza a dar forma a este proyecto de construir una recomendación para el acceso a las ciencias. Acotó que las recomendaciones son un instrumento con el que el organismo trabaja frecuentemente porque permiten establecer un estándar, un marco de actuación con respecto a un determinado tema. Aclaró un detalle relevante, estos documentos emitidos no son vinculantes, por lo que los Estados no contraen una obligación cuando los firman ya sean una convención como otro tipo de instrumentos. «Pero más allá de que no tiene este carácter vinculante, no dejan de ser una guía muy poderosa dentro del ecosistema de UNESCO para los países, la experiencia demuestra que poco a poco van incorporando esos estándares establecidos», afirmó.
Como segundo punto Mansilla abordó la lógica del trabajo de UNESCO y dos de los principios rectores que atraviesan ese proceso: la democratización de la ciencia y la ciencia basada en derechos humanos. «Cuando hablamos del enfoque basado en derechos humanos, estamos hablando en primer lugar de la democratización en el acceso», señaló. Precisamente, el artículo 15 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales exhorta a que todas las personas tengan acceso en igualdad de condiciones a los beneficios del progreso científico, en el mismo sentido, apunta el artículo 27 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Además del enfoque basado en derechos humanos, «que creo que está muy bien reflejado de alguna manera en las disposiciones de la recomendación», en el documento también se expresa el apoyo a una mejor actividad por parte de los científicos, destacó. Entiende que cuando se produce ciencia es necesario adoptar una mirada interseccional, protegerla de la manipulación, la desinformación y los datos falsos.
En el tercer punto Mansilla destacó la necesidad de «revisar y mejorar constantemente la concepción de ciencia, los sesgos y los puntos ciegos que esta tiene y eso no se va a lograr si se hace se construye de forma compartimentada, cerrada y privatizada». Entiende que los datos científicos «deben orientar la toma de decisiones en una sociedad democrática, pero tienen validez porque son parte de un debate, de la comunidad y de un mundo en común que construimos juntos». «Cualquier fuente de conocimiento que termina siendo llevada hacia unos pocos, obviamente no contribuye a un debate ciudadano y democrático», subrayó. Una pregunta que se articula a lo largo de la recomendación es «¿Quién se beneficia de los desafíos y avances científicos y quién queda fuera?», concluyó.
De acceso abierto a ciencia abierta
Randall, por su parte, tituló su ponencia «Algunos retos de la ciencia abierta desde nuestro sur». Destacó que el proceso de elaboración de casi dos años, de la recomendación en ciencia abierta de la UNESCO contó con instancias participativas que involucraron un grupo de 39 expertos y miles de personas de distintos ámbitos en todos los continentes. «La aprobación de la recomendación de manera unánime muestra que la idea de ciencia abierta ha recorrido un camino significativo en años recientes», afirmó.
Destacó que el conocimiento generado en las universidades e institutos de investigación se financia de manera fundamental con fondos públicos, incluso en los países del norte en los que una parte muy importante de la investigación se realiza en instituciones privadas o incluso en empresas privadas hacia las que se canalizan enormes subsidios públicos. Un ejemplo son los programas de la Unión Europea, del NCF o del NIH en Estados Unidos.
Randall destacó que existen iniciativas anteriores a la ciencia abierta, una de ellas surgió a partir de un contexto internacional al que se enfrentan las universidades. Los artículos son escritos, revisados y editados por universitarios que trabajan en forma honoraria o cuyos salarios vienen de fondos públicos, pero las revistas científicas son cada vez más caras, «se trata de un negocio redondo, nosotros mismos exigimos a nuestros investigadores que publiquen allí y luego estamos obligados a comprar esa revista», subrayó. «De este escándalo nació el movimiento acceso abierto, que promovía el acceso libre, sin pago, a esas revistas». Señaló que hoy las editoriales científicas se han apropiado del nombre acceso abierto, son cuatro o cinco empresas que concentran prácticamente todas las revistas más prestigiosas del mundo, «ahora acceso abierto quiere decir que en vez de pagar para leer debemos pagar para publicar y pagar mucho a cambio de que otros puedan leerlo libremente, es un robo básicamente lo que está sucediendo».
Además con este accionar las revistas en la práctica están dejando fuera de publicar a los países subdesarrollados del mundo que no son capaces de pagar. Sostuvo que este es uno de los factores que promovió el movimiento de la ciencia abierta. «Hay que entender que no se trata solo de un tema económico, de que nos cueste cara la revista, es un asunto que expresa brutales relaciones de poder en una época en la que el conocimiento es central, pero también es un freno al avance del conocimiento mismo», afirmó.
Destacó que el proceso de apropiación y mercantilización del conocimiento es relativamente reciente y tiene que ver mucho más con el desarrollo del capitalismo y la mercantilización creciente de prácticamente todas las esferas de la vida social, que con la naturaleza del proceso de investigación. En este sentido subrayó la importancia de la colaboración en el trabajo científico. «Cuando nos vimos enfrentados a la epidemia de la COVID -19 y era preciso buscar rápidamente soluciones, ¿qué hicimos? Colaborar. Nos olvidamos todos de las fronteras ficticias impuestas por estos sistemas», apuntó.
