Canale, docente del Departamento de Estudios Sociales del Lenguaje (anteriormente denominado Departamento de Psico- y Sociolingüística) de la FHCE, recordó que el informe de jurídica solicitado por la Udelar como un insumo para expedirse sobre el tema, recomendaba contar también con un asesoramiento técnico lingüístico, por lo cual el CDC gestionó a través del decanato de la Facultad la designación de un especialista en la temática, y se le solicitó a Germán Canale esta tarea.  

En el informe Canale concluyó que: «considerando la solicitud inicial y el informe jurídico correspondiente, y atendiendo a los argumentos expuestos en el presente informe, estimo que la solicitud en cuestión es razonable, viable y atendible y que, además, existen marcos institucionales en la región para pensar en estrategias más globales -tanto para la tramitación de títulos como para otros actos administrativos- que permitirían contemplar este caso concreto y otros potenciales casos futuros».

En base a los informes de la Dirección General de Jurídica de la Udelar y del equipo de lingüistas que trabajó con Canale, en la sesión del 3 de octubre del CDC, este resolvió que «Cuando mediare solicitud expresa del estudiante, el título o certificación académica que extiende la Universidad de la República a aquellas personas con identidad de género trans no binario, se emitirá de acuerdo a  su identidad de género.  A estos efectos  se incluirá el morfema -e, en el título correspondiente, de forma de identificar la identidad de género propia de la persona».

Perspectiva de abordaje del tema

Canale explicó que elaboró este informe técnico en colaboración con otras y otros lingüistas y señaló que desde la óptica con la que trabajan, abordan el estudio del lenguaje en sociedad, es decir el lenguaje como un proceso social, por lo que nunca las cuestiones del lenguaje son exclusivamente lingüísticas sino también sociales y, por ello, el tipo de investigación que realizan no está restringida solo a lo estrictamente lingüístico. En este sentido las temáticas del lenguaje siempre están entrelazadas con cuestiones sociales , políticas y culturales, por esto tanto sus trabajos como las investigaciones que los nutren provienen no solo de la lingüística sino también de otras disciplinas como estudios culturales, historia, ciencias sociales, antropología o ciencias políticas. Esta interdisciplinariedad se basa también en que las decisiones sobre el lenguaje ya sea institucionales o las que emanan del Estado, de colectivos u organizaciones, nunca son estrictamente lingüísticas, «siempre tienen un corte político, reflejan formas de entender la sociedad y de proyectar las relaciones sociales». 

Canale resaltó que los significados en el lenguaje nunca están del todo fijos, son situados, se enmarcan en un contexto que por definición es dinámico. Por ejemplo el uso de la “e” o la “x” como morfemas de género puede tener diversos sentidos en contextos sociales variados: a veces se las usa para no presuponer el género de una persona a la cual nos referimos, para referirse a alguien de género no binario o también se lo puede usar para posicionarse simbólicamente y crear afinidad con el público con el que se habla independientemente de las identidades de género propias o ajenas, incluso a veces también se las usa con tonos irónicos o para burlarse de los grupos y las identidades asociadas al lenguaje inclusivo. Pero esta diversidad de usos es propia de las prácticas lingüísticas en general. «Los significados en el lenguaje siempre se terminan negociando en las interacciones sociales», afirmó. En lo que se refiere al lenguaje inclusivo de género explicó que «son propuestas que surgen de instituciones, de colectivos o de individuos concretos que planifican determinadas acciones para dejar en evidencia ciertos patrones de la vida social que muchas veces se naturalizan y otras tantas se invisibilizan en el lenguaje». Acotó que «las polémicas que se generan en torno al lenguaje inclusivo de género a nivel mediático y social muestran que, cuando el tema aparece en la agenda pública, se discute sobre él, pero en realidad siempre hay algo detrás de esa discusión, otras cuestiones sociales relacionadas al género, las relaciones sociales y la vida social, que no nos animamos a abordar, o que no estamos discutiendo a fondo», apuntó. Aclaró que existen distintas posturas entre los lingüistas en cuanto al lenguaje inclusivo y «es esperable que así sea porque apela a nuestros modos de entender las relaciones entre el lenguaje y la sociedad e incluso a nuestras posturas sobre el rol de la lingüística en la sociedad». 

Argumentos en contra del lenguaje inclusivo de género

Canale señaló que en la actualidad en la sociedad y en la academia existen distintas posiciones enfrentadas en torno al tema del lenguaje inclusivo, especialmente el no binario, que esgrimen diversos argumentos, a favor o en contra del tema. Uno de los argumentos en contra del lenguaje inclusivo de género es la idea de que los cambios en la lengua solo se pueden dar con éxito cuando no son planificados por los propios hablantes ni cuentan con nivel de conciencia por parte de ellos. Acotó que si se analiza lo que sucedió en cuestiones vinculadas al lenguaje y género en otras lenguas, «queda claro que eso no es necesariamente cierto». Recordó que en el caso del idioma inglés se realizó una gran revisión de léxico y estructuras gramaticales en torno al género, lo que implicó grandes cambios altamente planificados, incluso propulsados a través de los diccionarios, muchos de ellos impulsados por movimientos feministas de los años 70 y 80. Estas transformaciones cambiaron también el léxico de las profesiones y ciertas reglas gramaticales de concordancia de género y número por ejemplo en términos de masculino genérico. «Por tanto, aunque es cierto que muchos cambios en la lengua se dan sin que haya un alto grado de conciencia y planificación por parte de los hablantes, existen otros que sí presentan estos componentes en alto grado y creo que esos cambios frecuentemente molestan porque provienen de colectivos, grupos o movimientos organizados que luchan en defensa de hacer visibles sus identidades y prácticas lingüísticas, evidenciando el potencial del lenguaje como herramienta de lucha, protesta y reclamo colectivo», afirmó.

Otro tipo de argumentos en contra del lenguaje inclusivo de género se vincula con la normatividad lingüística, son los que se basan por ejemplo en que la Real Academia Española (RAE) no legitima, recomienda, ni sugiere estos cambios y manifiestan que la “e” y la “x” como diferenciadores de género no son recursos del idioma español. Canale entiende que mientras que la Academia es una institución de corte lingüístico-normativo, no tiene el rol ni el objetivo de regular las identidades de género de las personas. Para Canale el problema se basa entonces en que existe una institución lingüística que tiene como fin regular la lengua pero que, al hacerlo, también está, de manera más indirecta, intentando regular las identidades de género de las personas. Por ejemplo, la Academia recomienda no usar morfemas de género no binario como “e” o “x”, entre otros recursos del lenguaje inclusivo pero no se expide necesariamente sobre cuáles serían las formas que recomienda para designar la identidad de género de personas no-binarias, y contar con recursos para nombrar las identidades es importante en términos sociales y políticos.

Entiende que en ese conflicto los colectivos y hablantes buscan mecanismos organizados para generar sus propios recursos lingüísticos, ya sea la e, la x, u otros, para poder nombrar, visibilizar, legitimar, esas identidades. «Estas iniciativas frecuentemente molestan porque son formas de activismo lingüístico que hacen caer un poco esa idea de que las personas no tenemos ningún tipo de injerencia sobre la lengua», resaltó. Por otra parte, entiende que siempre que estas propuestas lingüísticas se institucionalizan, pasan a ser parte de las formas en las que las instituciones regulan sus prácticas, por lo que es esperable que se encuentre una mayor diversidad y capacidad para explorar formas disruptivas o de renovación más radical en las propuestas de lenguaje inclusivo que provienen de espacios no-institucionales.

El tercer tipo de argumentos en contra del lenguaje inclusivo de género, especialmente el no binario, es el que apela a una cuestión de pánico o confusión lingüística, sugiriendo la idea de que si se utiliza la “e” o la “x” por ejemplo, nadie se va a entender o se entorpecería enormemente la comunicación. Sostuvo que «sin embargo, en el planteo de la discusión en torno al lenguaje inclusivo que se ha dado en los medios de comunicación, en la sociedad, en la academia y entre los grupos, queda claro que, por el contrario, la propuesta no es nada oscura, aunque puede gustar o no, los actores sociales involucrados en la discusión entienden cuáles son los recursos inclusivos que se proponen y cómo pueden funcionar lingüísticamente». Añadió que esto también es un indicador de que «muchos argumentos en contra del lenguaje inclusivo de género se vinculan, de forma directa o indirecta, con polémicas, de miedos o pánicos sociales, más que con otras causas». Indicó que otro argumento que se maneja en contra del uso del lenguaje inclusivo de género es de índole estético y se expresa con ideas del tipo «no me gusta el lenguaje inclusivo». Sobre este tipo de argumento advirtió que «intentar regular o limitar acciones o prácticas de otras personas basándonos meramente en lo que nos gusta o no nos gusta – en términos estéticos -, puede ser sumamente peligroso ya que las supuestas preferencias estéticas de algunos pasan a operar como una forma de control moral, social y lingüístico».

Evolución y desafíos actuales

Señaló que si pensamos la lengua en sociedad debemos reconocer que en mayor o menor medida está en continua transformación por el propio uso. Apuntó que algunos de los cambios de la lengua, que se dan en distintos planos: fonético, fonológico, sintáctico, pragmático, semántico, implican un mayor nivel de conciencia y planificación por parte de los hablantes y otros son más automáticos mientras muchos otros no.

Destacó que si pensamos lo que sucedió con el lenguaje inclusivo de género en la región, se dieron dos grandes momentos: en el primero de ellos, el lenguaje inclusivo fue binario, lo que se discutía especialmente era la estrategia de desdoblamiento, «como el todos y todas, uruguayos y uruguayas» de manera de visibilizar a las mujeres frente a recursos como, por ejemplo, el masculino genérico.

Entiende que aunque la Real Academia Española tampoco recomienda el uso de estas formas de lenguaje inclusivo de género, este primer momento o primera propuesta inclusiva cuenta ahora con mayor consenso social porque parece menos disruptivo ya que mantiene cierta normatividad lingüística (se emplean morfemas de género ya previstos históricamente en la gramática del español y en las instituciones normativas de la lengua) y social (se mantiene el binarismo de género en tanto se designan personas del género femenino y masculino exclusivamente).

La segunda etapa del lenguaje inclusivo es la actual y a diferencia de la anterior engloba también al lenguaje no binario por lo que provoca dos grandes disrupciones, «una lingüística basada en introducir morfemas no previstos ni aceptados por las gramáticas e instituciones normativas como la Real Academia Española, y otra social que se da al visibilizar que no todas las identidades de género son binarias». Entiende que son estas dos discontinuidades las que hacen que sea en esta etapa de propuestas de lenguaje inclusivo de género en la que se genera «mucho más pánico social y argumentos en contra».

Señaló que una característica del período actual es que «hablantes, colectivos, instituciones, comienzan a aportar distintas propuestas, lo que es positivo porque nos muestra el involucramiento de las personas con el activismo lingüístico y también nos recuerda a través del lenguaje, de la relevancia social de las cuestiones y relaciones de género en nuestra vida cotidiana». En lo que se vincula con la situación institucional resaltó que el lenguaje inclusivo es un conjunto de recursos muy amplio y existen iniciativas de comunicación en torno al tema que ya se están dándose de distintas formas en la Udelar. En ese sentido, destacó que algunas de ellas son el uso del femenino genérico como «las estudiantes», en lugar de un masculino genérico, por ejemplo, al dirigirse a estudiantes, aunque haya varones en el salón, el desdoblamiento expresado a través de «las y los estudiantes», evitar marcas de género como “el estudiantado” u otros recursos como el uso de la “e” o la “x”. Entiende que existen muchas formas de discurso o comunicación hacia adentro y hacia afuera de la institución por lo que es esperable que las formas de comunicación que se lleven adelante sean de manera diversa. «No se debería tomar necesariamente como problemático o preocupante que desde distintos lugares de la institución las formas de marcar y mostrar la inclusión genérica en el lenguaje puedan ser distintas, siempre y cuando se tenga presente que distintos recursos lingüísticos tienen distintas implicancias y potenciales significados; lo más relevante, a mi entender, no es la regulación o unificación plena de criterios de uso comunicacional sino más bien la aparición de esta diversidad de recursos de lenguaje inclusivo de género como gesto retórico y político que pueda, eventualmente, ayudar a consolidar otros cambios mayores en la sociedad», sostuvo.

Rol de las universidades

Frente a este proceso de cambios los roles de las instituciones educativas especialmente la Udelar que tiene fines educativos pero también de investigación y extensión, entiende que «deberían ser clave». Resaltó que las universidades como instituciones creadoras y difusoras de conocimiento, un bien social que debe estar en beneficio de la sociedad, «deberían tomar una postura acorde al conocimiento que se produce». En este sentido, destacó que a nivel local, regional e internacional se cuenta con numerosas investigaciones, en antropología, historia, sociología, estudios culturales, lingüística, etc. que hacen visible la complejidad de las identidades sexo-genéricas y su característica de ser situadas, dinámicas, lo que implica entre otras cosas reconocer y visibilizar el hecho de que las identidades de género pueden no ser binarias. «Resultaría extraño que las universidades, que están a cargo de producir conocimiento, luego hicieran caso omiso de ese conocimiento en sus prácticas institucionales», afirmó. Por ello entiende que «poder expedir títulos con recursos lingüísticos que marquen, por ejemplo, una forma no binaria de género, es importante en tanto reconocer la diversidad social es uno de los deberes y responsabilidades de las instituciones universitarias».   

Canale resaltó que en términos socio-lingüísticos esta decisión del CDC es importante por el tipo de apertura que muestra al atender estos reclamos sociales. «No es menor dado que prácticas como la expedición de títulos son relevantes institucionalmente y son gestos simbólicos importantes para la sociedad»,  expresó. Recordó que hasta no hace mucho tiempo en la Udelar incluso los títulos de las mujeres egresadas se expedían en masculino, por ello continuar con estos procesos de cambio es importante. Además, destacó que otras universidades de la región y del mundo han tomado decisiones similares en términos de la expedición de título, «y es importante que la Udelar no haga caso omiso a los contextos tanto local como regional e internacional en lo que refiere al conocimiento producido en torno a las identidades de género, a los usos y reclamos en torno al lenguaje inclusivo y a la necesidad de revisar las prácticas lingüísticas institucionales».


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