Con una gran concurrencia cerró la novena edición del EITICE
Durante esta edición del EITICE tuvo lugar también el cuarto Encuentro Latinoamericano de Estudiantes Universitarios en contextos de privación de la libertad, un espacio que tiene el objetivo de generar un diálogo las experiencias y reflexiones de quienes actualmente transitan estudios superiores en cárceles de América Latina (Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, entre otros) como también de estudiantes que, ya en libertad, participaron del dispositivo universitario en prisión.
Actividad de Cierre
El 23 de octubre se desarrolló el Panel «Estudiantes liberado/as y desafíos para la universidad: educación antes, durante y después de la cárcel». Los panelistas fueron Diego Cepeda, Gastón Brossio (“Waikiki”) y Daniel Fernández, de la Red de Educación Universitaria Argentina de Liberados; Mónica Rivero, Nadia Leites y Luciano Benitez, de la Red de Estudiantes Liberados/as de Uruguay; Eduardo Enrique Navarrete Murcia, de la Incarceration Nations Network; y Jesús Romano, del Frente de Liberados de Rosario. Los coordinadores del Panel fueron Gabriela Pasturino, docente del Programa de Respaldo al Aprendizaje (Progresa) y Martín Sarli, estudiante de la Udelar liberado.
«Estamos lejos, es necesario romper con la lógica punitiva de la cárcel, la educación tiene que lograr a través de sus instituciones otras formas de interacciones, enseñar de otra manera, no se puede estudiar sin dispositivos electrónicos, sin materiales, en salones fríos, llenos de humedad; pedimos las condiciones que cualquier ser humano necesita para estudiar, creo que eso es algo que tenemos que construir todos», señaló Sarli en la introducción de la actividad. «Nos falta apoyo para estudiar cuando estamos en la cárcel y cuando salimos no tenemos trabajo, no sabemos dónde vamos a vivir, necesitamos recomponer nuestros lazos familiares, con nuestros hijos, porque hace años que no nos ven, y no contamos con un apoyo para todo esto», concluyó.
Pasturino, por su parte, destacó que progresivamente en las distintos EITICE el comité organizador fue incorporando actores vinculados a la temática de cárcel y educación, más allás de la investigación, fue así que en las ediciones anteriores se sumaron educadores y educadoras, instituciones y estudiantes. En esta oportunidad se sumó a grupos que están comenzando a organizarse y movilizarse por los derechos de las personas en contexto de encierro y liberadas, «un proceso que se da en la región y que se lleva adelante con un gran esfuerzo y muchísimas dificultades, y por eso es tan interesante también escucharles», apuntó.
Leites y Benitez explicaron que la Red de Estudiantes Liberados/as de Uruguay integra una red internacional de pares organizados. En su intervención, Leites -quien estudió la Licenciatura en Enfermería en la Udelar en privación de libertad- cuestionó: «¿cuánto mide un puente entre una celda y la universidad?». Agregó que es una suerte que grandes Facultades, como la de Ciencias Sociales y la de Ciencias Económicas y de Administración, estén presentes en las unidades de reclusión con los materiales de estudio; no obstante, las condiciones de estudio en el encierro no dependen solo de la Udelar, sino también de otras instituciones como el Poder Judicial, y de políticas públicas, destacó. Leites explicó que en su caso, siendo estudiante no estaba autorizada a salidas transitorias y los tiempos judiciales eran muy largos para que los permisos llegaran a tiempo para hacer sus prácticas, algo imprescindible para poder egresar de la Licenciatura en Enfermería. «No basta solo con tener un título, un papel, necesitamos que nos permitan poder salir a hacer esas prácticas y no que tengamos que cambiar de orientación, como me pasó a mí, por no poder avanzar en la carrera, o perderse todo un semestre por no tener internet como les sucedió en estos días a mis compañeras de la Unidad 5, estas dificultades tenemos que vencerlas», afirmó. «La Universidad es de todos y queremos formar parte de ella», concluyó.
Por su parte Benítez, quien cursa en la actualidad en la Facultad de Derecho, señaló que este servicio universitario «estuvo totalmente ausente durante todo el año en que estuve estudiando en la cárcel». Entiende que hoy el derecho a la educación depende de las circunstancias de vida que atraviesan las personas, «entonces, ¿el derecho cambia o la Constitución es para todos igual?», reflexionó, «no, la universidad tiene que ser una sola para todos». «No precisamos nada especial, un cerebro aparte, un chip o una medicina, necesitamos un profesor que nos mire cara a cara que nos dé calidez, la que se genera en un aula, que la virtualidad de repente no permite», añadió. «Cuando salimos en libertad, pensamos que dejamos de tener esa marca, ese sello que nos estigmatiza dentro de la Universidad, pero ahora empezamos a ser estudiantes liberados. O sea, ¿qué más necesito para ser solo estudiante? ¿aprobar cuántas materias, hacer un posgrado, una especialización?» cuestionó.
Rivero, por otro lado, señaló que ha sido estudiante de varias Facultades de la Udelar, por los obstáculos en la cursada mencionados sus compañeros y compañeras del panel. Destacó la importancia de espacios como este para reflexionar sobre el tema y trabajar en conjunto, en especial las instituciones de los distintos niveles educativos. «Porque las y los privados de libertad los necesitamos, los necesitamos para lograr un egreso, un futuro, porque cuando somos liberados, no salimos con los conocimientos que tiene realmente la gente común, los que nunca estuvieron privados de libertad», expresó. «Hay que derribar barreras y tender puentes en la educación para que los que estuvimos privados de libertad y los que nunca pasaron por esa situación se oigan, así como generar diálogos entre las instituciones y los liberados, y así poder convertir nuestros barrotes en lápices», concluyó.
Abrir un mundo
Navarrete nació en El Salvador; allí vivió una experiencia de privación de libertad en un sistema penal juvenil cuando era menor de edad. En la actualidad vive en Chile y cursa una Maestría en Trabajo Social en la Universidad Católica. Recordó que el objetivo original del diseño de la cárcel fue devolver personas mejores de lo que llegaron y en esa línea, crear programas para insertar a esas personas a una sociedad imperfecta; «yo me pregunto, si esa es la responsabilidad original de la cárcel ¿cómo no contempla a la universidad como parte de esta transformación?», cuestionó. «Creo mucho en el poder transformador de la educación; hoy estoy acá porque la educación me abrió un mundo, la universidad me permitió expandir y pensar en proyectos de vida más específicos», añadió. Entiende que la educación debería llegar a estos contextos, no como un privilegio, sino como un derecho y por eso es necesario reflexionar sobre cómo se garantiza primero, el acceso a la educación y luego, la continuidad, si no se terminó de estudiar dentro de la cárcel, y cómo se finalizan los estudios afuera. «Porque que me garanticen el acceso no me da garantías de la culminación, hay muchos factores, todas dimensiones que influyen, como mi trabajo, mi hogar, situaciones emocionales, y ¿quién y cómo se acompaña esto?», señaló. Observó que las redes de apoyo son fundamentales en varias de estas condiciones, permiten por ejemplo, «saber que voy a tener un trabajo estable o un techo del que no me van a sacar el día de mañana porque tengo cierta seguridad».
En tanto, Cepeda explicó que, durante su encierro, se formó en el Centro Universitario Devoto (CUD) gracias al programa de la Universidad de Buenos Aires “UBA XXII”. Allí estudió la carrera de abogacía durante 6 años y obtuvo el título de Abogado; además, avanzó en la mitad de los cursos de la Licenciatura en Administración de empresas. «El contexto de encierro es un ambiente raro y difícil para estudiar, pero también nos dan fortaleza los resultados que vamos teniendo en el día a día». Destacó la importancia de «la porosidad» que genera la educación en este contexto gracias a la universidad, que, «con aciertos y errores, con proyectos, con estancamiento, siempre sostiene que debe estar en la cárcel». Recordó que el CUD surgió en 1985 a partir del reclamo de la madre de un interno que quería seguir estudiando. Agregó que en estos años, en el CUD se ha formado la cooperativa de trabajo Esquina de Libertad, «que acompaña a muchos compañeros, sus historias y experiencias», así como también un sindicato único de trabajadores. Además, allí funciona una asesoría jurídica administrada de manera autónoma por todos estudiantes universitarios privados de libertad. Actualmente, la situación del Centro «es crítica, se ha atacado al programa de una manera súper violenta», explicó.
Fernández, de 32 años y originario de Buenos Aires, vivió la experiencia del contexto de encierro desde los 16 años, con salidas y reingresos hasta los 22. «Claramente vengo de una vida rodeada y naturalizada por el conflicto, por el consumo, por el descuido», expresó. Aclaró que hoy no relata su origen victimizándose, sino entendiendo el territorio en donde creció, cómo era su casa, su familia, cómo fue y es él mismo, y qué consecuencias tiene todo este contexto. Añadió que esta comprensión le llegó a través de aprender a estudiar, a leer y a cuestionar todo el tiempo su realidad. Durante el encierro predominaba el enojo «con el sistema, con el Estado, con la cárcel, con los profesores, hasta con la persona que limpiaba, pero en un momento empezaron a hacerme efecto, los textos, las formas que tenían de compartirnos en el aula la información, las personas que venían a enseñarnos», contó. En ese contexto cursó toda la Secundaria y en un momento, «todo eso que me generaba enojo, me empieza a generar menos enojo y más preguntas». Luego, participó en talleres de formación profesional, de literatura y de comunicación de radio y audiovisual ofrecidos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En estos espacios «escuché y respeté a una tallerista porque me trataba distinto, porque en las aulas no había una mirada de desprecio», explicó. «Soy un afortunado, creo, y bendecido y agradecido de que me haya tocado ser parte del Programa de extensión en cárceles de la Facultad de Filosofía y Letras», agregó. Actualmente, Fernández escribe y es tallerista; además, este año comenzó a estudiar una carrera universitaria.
Más justo y equitativo
Por su parte, Brossio agradeció la posibilidad de ser hoy profesional y docente, luego de haber hecho toda la Secundaria y tres carreras universitarias mientras cumplía su condena. Valoró la importancia de este encuentro porque «los sujetos que estudian también tienen que devolver de alguna manera sus conocimientos, su aporte a la sociedad, para tener una sociedad más justa y equitativa». Agregó que vive en la misma zona donde vivía antes: «sigo escuchando tiros, siguen amigos míos muriendo, un montón de cosas que me tocaron antes de ingresar a la cárcel hoy en día también continúan en el mismo lugar, pero sigo de otra manera, con otra perspectiva». Siente que tiene «más tolerancia con las personas. Trato de alguna manera de guiar a los pibes, de hablarles siempre de trabajo, de tener un plan de vida, de mejorar, de que estudien». Al igual que muchos de sus pares, su historia de vida es dura, comentó, hoy vive y trabaja en el arte y en la educación con la perspectiva de «convertir la desgracia en éxito». Luego, compartió el relato «La casa de mi madre», de su autoría.
Romano, quien cerró la serie de ponencias, recordó que aunque el Frente de Liberados de Rosario se constituyó formalmente hace muy poco tiempo, vienen trabajando ya hace 10 años. «En el 2016 yo me encontraba en la Unidad 6 de la cárcel de Rosario, sin una salida, era una oscuridad enorme, muchos policías y corrupción». No obstante acotó que, en la cárcel, así como tuvieron encierro, también se les presentaron otras oportunidades y una de ellas fue cruzarse con dos referentes de la Universidad con quienes comenzaron a participar de un curso de comunicación, que les permitió comenzar a pensar juntos, siempre con una mirada hacia el futuro, sus hijos, y analizar y entrevistar a varios actores que venían de afuera, a compañeros de cooperativa, de comunicaciones.
«Quería organizar a los compañeros para que podamos salir de ahí trabajando, porque en el transcurso de los años yo iba viendo que la cárcel la mantienen los presos, son los que cortan el pasto, los que cocinan para ellos y la policía», añadió Romano. Con ese interés y a partir de una primera reunión se les ocurrió crear una cooperativa dentro de la cárcel, algo que nunca se había realizado en Rosario así que era un gran desafío, eso que muchos consideraban una locura se hizo realidad en el año 2018. Conformaron la cooperativa “Sisa” que en hebreo significa Tierra fértil, la que siguió creciendo desde que quienes la crearon, incluyendo Romano, salieron de la cárcel, en 2021, y dio origen a otras cooperativas. «El mundo del cooperativismo me salvó la vida», expresó.
«Así que yo los aliento a que no bajen los brazos, a que sigamos luchando por lo que vendrá, porque lamentablemente esto no se va a acabar. Creo que los que estamos acá en esta mesa quisimos cambiar, quisimos mirar otra perspectiva de vida porque también tenemos otros pares que dependen de nosotros», concluyó.
